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El fenómeno Bukele

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Florent Zemmouche / Salvadoreño-francés estudiante de Ciencias de la Humanidad en Francia

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Hasta hace unos días o semanas, Bukele se presentaba como la opción de la nueva política en un nuevo mundo, o al menos en nuevas circunstancias, las de las sociedades democráticas del siglo XXI. Pero el panorama ha cambiado. Si Bukele sigue candidato, y unos de los favoritos, su propuesta de novedad ha sufrido imprevistos. Si el paisaje político tradicional salvadoreño ha temblado, no ha sido derrotado. ¿Será el caso? ¿Bukele logrará su desafío?

Para analizar su configuración, las elecciones presidenciales que se aproximan pueden ser comparadas con las que ocurrieron en Francia el año pasado. Por tanto, con una realidad diferente a la vez temporal y espacialmente. Pero como lo ilustra Proust en su obra maestra En busca del tiempo perdido, la comparación es un instrumento filosófico; permite encontrar la verdad.

En marzo de 2017, François Hollande, presidente de izquierda, terminaba un mandato bastante criticado por la opinión pública francesa. Entonces, con el bipartidismo aún arraigado en aquel momento en Francia, como es todavía el caso en El Salvador, se esperaba que el partido de derecha llegase al poder. Pero en las primarias, se eligió a un candidato (François Fillon) que resultó no ser la mejor opción para ganar las elecciones presidenciales porque tuvo problemas con la justicia francesa. En ARENA, fue designado Calleja. ¿Tendrá las capacidades, que talvez tenía Simán, para ganarle a Bukele? Mientras tanto, Emmanuel Macron se había salido del partido socialista francés para crear su movimiento y así acabar con el bipartidismo tradicional, lo que logró, derrotando a los dos grandes partidos históricos (el de izquierda y el de derecha). Si todo esto fuese una comedia, y quizás en realidad lo sea, solo tendríamos que cambiar los personajes presentes en el escenario. Sánchez Cerén, como Hollande, va a terminar un mandato decepcionante. Según la historia política nacional, ARENA debería ganar las próximas elecciones. Pero dos factores entran en juego. Primero, las primarias de ARENA. Segundo, Nayib Bukele. Su trayecto, proyecto y popularidad son semejantes a lo que hizo Macron, cuyo éxito fue una de las respuestas posibles a la crisis actual de la política, que también asola El Salvador. Pero unas diferencias importantes surgen entre Bukele y Macron; unas antiguas, otras recientes.

Respecto a los individuos, aunque los dos proceden de la élite de su sociedad, la de Macron es más bien intelectual; tiene diplomas; estudió en unas de las escuelas más prestigiosas de Francia. En torno al contexto, a Macron se le dejó crear su movimiento y convertirlo en un partido político. Bien se sabe que no fue el caso para Bukele, bloqueado por todas partes. Tuvo que unirse con un partido ya existente para ser, por fin, candidato oficial. Así murió su voluntad prima y esencial, la que justificaba su presencia en el escenario: proponer novedad en el paisaje político salvadoreño. Hay que admitirlo, no tenía otra opción. Pero hay que admitirlo también, así su candidatura ya no tiene ningún interés: su alianza enclaustrará su posible mandato. Por tanto, se puede decir que las fuerzas tradicionales saciaron su deseo. Y fallaron, de nuevo, en su objetivo principal: trabajar por el bien común. Pues, con sus chanchullos más o menos sucios convirtieron a Bukele en una víctima, lo que en resumidas cuentas le conviene. Como me lo dijo un día Régis Debray, la victimización es la nueva garantía de éxito en nuestras sociedades. De esta manera Bukele tiene aun más posibilidades de ser presidente, y si lo es, solo será un cautivo o un actor más de las alianzas y juegos políticos tradicionales. Los mismos de siempre terminarán perdiendo.

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