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El fin

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Siempre que me lo preguntaron, dije que al fin del mundo me llevaría una antología de Jorge Luis Borges, cualquiera, algunas líneas de Allan Poe, los Cuentos de Cipotes y unas paginitas de Franz Kafka. Pero a esta hora, mis lecturas no han pasado de las tareas de primer grado sección B de María Paz.

No es el fin del mundo, por supuesto. Ni siquiera del mundo materialista, egoísta y depredador al que nos hemos acostumbrado y que Francisco denunciaba el sábado desde el Vaticano. Pero se le parece. Basta con sentarnos un rato a auscultar en nuestro espíritu para encontrar cierta desolación.

No estoy renunciando a Borges. Es sólo que en este trance, las poses y las pretensiones intelectuales se fueron al carajo. A la mayoría sólo nos ocupa y preocupa nuestra familia, si hay para comer, que no se depriman, que tengan paciencia, que tengan esperanza. Y en cada hogar, los matrimonios intentamos vivir sobre la base de lo que tenemos en común, de lo que debe hermanarnos, no sobre el piso resbaladizo y flojo de nuestras diferencias.

Cuando el mundo parece caerse a pedazos, hay que agarrarse de las muchas o pocas certezas de la vida. Si somos afortunados, si algún éxito hubo en nuestra crónica, esa certeza es la del amor simple, llano y brutal de una esposa, de una hija, de una familia. Lo demás es volátil, más lejos de nuestro control que nunca antes. En el estertor de marzo, en 2020, la democracia ya no nos garantiza ni siquiera su frugal consuelo de economía, ideología y empleo.

¿Qué no daríamos por nuestra familia? ¿Por una sobrina, una esposa, por un tío, por una hermana? No nos importaría encerrarnos  atendiendo sus necesidades, desvelarnos vigilando su respiración ni darles nuestros pan si es que no alcanza. ¿Cómo nos va a importar si estamos juntos en esto, si el amor nunca deja de ser?  

Pues tan juntos estamos en esto que la solidaridad no debe agotarse en nuestra familia, ni en nuestros amigos, ni en aquellos en los que nos reconocemos aunque no pertenezcan a nuestro círculo. Y por eso es abrumador lo que escuchamos, lo que vemos, lo que leemos: los grandes poderes que deben conducir a nuestra nación, agotados en un concurso de reproches.

Si el Gobierno y el gran capital nacional no entienden la gravedad de la situación y no se muestran a la altura de sus responsabilidades, de nada servirá que el país supere la pandemia: las sucesivas crisis de empleo y gobernabilidad lo matarán. Y lo mismo aplica para los ciudadanos, que ni siquiera en esta hora renunciamos a nuestro metro cuadrado de comodidad. ¿De verdad crees que tu compromiso con El Salvador es sólo seguir pagando tus recibos, hacer cola en un súper y no perderte la cadena? Tu gente nunca te pidió la caridad que nunca le tuviste; tampoco ahora. Hoy ni te pedirá que te conmuevas, sino que te sacrifiques.

A partir del día uno, todos tendremos que sacrificar algo: hábitos, comodidad, ser más militantes de lo común, defender lo que es de todos antes que lo que es sólo de algunos, y ya no relativizar el dolor del otro. Ojalá que ese día nos encuentre nuevos. 

La vida no acaba acá. Y hasta podremos volver a ser egoístas cuando esto acabe, claro. Podremos pretender que esto no pasó, que fueron sólo unos pingües pollos, lejos, en China. Y defender sólo mi mendrugo de pan. Pero, ¿no estás cansado de ese mundo?

Si en ese nuevo día mi opinión sigue importándole a alguien y me lo preguntan otra vez... no, no me llevaría ningún libro al fin del mundo. Todo lo que querría leer está en los ojos de a las que amo. 

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