El fin del matonismo

Matonismo: Conducta de quien quiere imponer su voluntad por la amenaza o el terror. Son los venezolanos los que tienen que soportar el matonismo desbordante de Maduro, aunque seguramente, no será por mucho tiempo.
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La credibilidad de Nicolás Maduro es nula. Menos que cero. Él se ha ocupado de certificarlo día a día. Ha anunciado no menos de tres docenas de complots e intentos de golpes de Estado, de invasiones extranjeras y de planes para asesinarlo. Pura invención; los hechos lo confirman.

Ahora acaba de calificar de traidor al secretario general de la OEA, Luis Almagro. Dijo además que era agente de la CIA y que eso se lo había dicho en su momento al expresidente uruguayo José –Pepe– Mujica.

Mujica lo desmintió. Dijo que todo eso no es cierto: que Almagro no es traidor, que no es de la CIA, que Maduro nunca le dijo nada al respecto y que el presidente venezolano está “más loco que una cabra”.

La credibilidad de Maduro decrece más, si es que cabe. Además de la menguada comparsa bolivariana (Cuba, Nicaragua, Ecuador y Bolivia), los únicos que le creen son Ernesto Samper, de la Unasur, y el inefable José Luis Rodríguez Zapatero.

La polémica de estos días entre Maduro y Almagro –quien en su respuesta llegó a llamarle “dictadorzuelo” al venezolano– ha dado que hablar. Muchos consideraron, aplaudieron y reconocieron que ya era hora que alguien le dijera basta al matonismo. Otros se refugiaron en lo políticamente correcto, en disquisiciones sesudas, en el miedo o en el equilibrio cómplice. Hubo quienes consideraron que Almagro no debió hacerle el juego y utilizar igual lenguaje –¿rebajarse?, no sé si alguno lo dijo–. Olvidaron que fueron respuestas a insultos del mandamás venezolano. Firmes pero a otro nivel. Ignoraron también que en un principio el secretario general de la OEA realizó determinados planteos al gobierno chavista, que eran de orden –máxime cuando hay una Carta Democrática que respetar– y lo hizo por las vías y con el tono correspondiente, y que la respuesta fue el desaire y el insulto.

¿Qué querían que hiciera? Lo que hizo su antecesor, el chileno José Miguel Insulza, de triste memoria. A este, tanto Chávez como Maduro, entonces “canciller”, además de tratarlo de agente –sirviente– del imperio, le llamaron “insulso” y “pendejo” e Insulza se calló, lo hizo en lo que hace a su dignidad personal, pero también en su condición de jefe de la OEA, la que debió hacer respetar. Peor aún, para muchos analistas se acojonó y fue el viabilizador del matonismo. Hubo quien dijo que la OEA de Insulza “fue un ministerio del chavismo”.

Lo que hizo Almagro fue lo que debieron hacer ya hace mucho tiempo Juan Manuel Santos, Ollanta Humala, más de un presidente mexicano y Sebastián Piñera, que ahora habla pero que cuando fue presidente de Chile hizo y dijo muy poco al respecto, Es cierto que eran épocas en que Cristina Kirchner desde Argentina era cabeza visible y voz cantante de la prepotencia y la soberbia del progresismo populista y que el PT de Lula y Dilma manejaba todo en función de sus intereses y de los de las empresas brasileñas (las que según se ha comprobado le daban una “participación”).

Al final de su carta a Maduro, Almagro le recuerda que “entre los ceibos estorba un quebracho” haciendo referencia a unos versos del escritor uruguayo Serafín J. García. Se trata de la poesía gauchesca “Orejano” (rebelde, cimarrón, ganado que no tiene marca de propiedad), que arranca: “Yo sé que en el pago me tienen idea / porque a los que mandan no les cabresteo” (resistirse a meter la cabeza en el lazo o a morder el freno).

No sea cosa que ahora, porque el secretario de la OEA, por fin, le dice basta al matonismo, “le tomen idea” y solo porque dice lo que otros debieron decir y no se animaron.

Además hay que tener en cuenta que no se trata de una pulseada para ver quién es más macho, sino de un tema que sufre y padece, todos los días y todas las horas, el pueblo venezolano. Son los venezolanos los que tienen que soportar el matonismo desbordante de Maduro, aunque, seguramente, no será por mucho tiempo.

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