El fracaso del Capitalismo de Pocos

¿Cuáles son las reformas del sistema y el tipo de capitalismo requerido ante las dificultades crecientes que confronta la humanidad entera? Esta es la más importante pregunta del mundo contemporáneo.
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Un cuarto de siglo después del derrumbe de siete décadas de socialismo real en Europa, es ahora evidente el fracaso del llamado Socialismo del Siglo XXI en Latinoamérica, liderado por el experimento chavista de 17 años en Venezuela. Este tuvo su origen último en el capitalismo patrimonialista y la debilidad democrático-institucional conformada y manipulada por la corrupción de una parte de la élite económica y política venezolana. Mientras observamos la crisis terminal de este último intento de “socialismo”, avanza el descontento en los países mas exitosos del capitalismo mundial, Europa y Estados Unidos, donde el bajo crecimiento, el endeudamiento público y privado, el estancamiento o retroceso de las clases medias, la desigualdad del ingreso y la concentración de la riqueza y el poder en pocas manos, cuestionan cada vez más el capitalismo para las minorías. El candidato republicano Donald Trump y el candidato demócrata Bernie Sanders expresan el descontento con el establishment, pero también las diferencias de cómo hacer para que el capitalismo trabaje para las mayorías. Si en la época que nos tocó vivir no pareciera haber alternativa al sistema capitalista, ¿cuáles son las reformas del sistema y el tipo de capitalismo requerido ante las dificultades que confronta la humanidad entera? Esta es la más importante pregunta del mundo contemporáneo, a nivel global, nacional y local.

“Salvando al Capitalismo: para los muchos, no para los pocos” (Saving Capitalism: For the Many, Not the Few, Knopf 2015) es el título del último libro de Robert Reich (secretario de Trabajo con el presidente Clinton) quien afirma en la introducción: “...La mayor división política en América en los años por venir no será entre los partidos demócratas y republicanos. Será entre el complejo de grandes corporaciones, bancos de Wall Street, y los muy ricos que han fijado el juego económico y político a su gusto, y la mayoría que, como resultado, se encuentran en dificultades. Mi conclusión es que la única manera de revertir el curso es por la inmensa mayoría que ahora carece de influencia sobre las reglas del juego, de organizarse y unificarse, para restablecer el poder de contrapeso que fue la clave para la prosperidad ampliada cinco décadas atrás... Ese fenómeno que describo es común al capitalismo practicado alrededor del mundo”.

Si el descontento es grande en los países capitalistas desarrollados, es mucho mayor en los subdesarrollados donde la pobreza, el deterioro ambiental y los problemas diversos son mucho mas grandes. Si esto es cierto en Europa y en Estados Unidos, lo es mucho más en África, Asia y Latinoamérica, donde la democracia y la institucionalidad es mucho más incipiente, y donde el poder de los contrapesos es mucho más débil.

Además, el descontento en los países capitalistas desarrollados tiene su origen último en las consecuencias en el crecimiento, el empleo, los salarios, y los déficits comerciales y fiscales, del desplazamiento en las últimas tres décadas, de las economías de los centros capitalistas a las de la periferia, de importantes centros industriales productivos para su mercado local y regional, pero sobre todo para la exportación a los consumidores de los países desarrollados. Es precisamente la globalización acelerada de las últimas tres décadas y media dentro de la reestructuración de la acumulación capitalista a escala mundial que posibilitaron la industrialización y el progreso de China e India y su aceleración en Taiwán, Filipinas, Tailandia, Corea del Sur y Singapur, y también en Brasil y México potenciado con el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, que posibilitó sacar de la pobreza a cientos de millones de personas.

En su reseña del libro de Reich “Desafiando a la oligarquía” (The New York Review of Books, 17.12.2015), el economista Paul Krugman comparó este libro con el que Reich escribió 25 años atrás (“El trabajo de las naciones”), afirma: “Reich ofrece una visión mucho más oscura, de lo que es en efecto un llamado a una guerra de clase, o si usted quiere, a favor de un levantamiento de los trabajadores contra la silenciosa guerra de clase que la oligarquía americana ha estado llevando a cabo por décadas”.

Retomando la explicación de Reich, Krugman afirma que en la década de los 2000, el trabajo en general comenzó a perder espacio respecto al capital. Después de décadas de estabilidad, el porcentaje del ingreso nacional que va a la compensación de los empleados comenzó a caer bastante rápido... Los economistas... están hablando crecientemente, no de la tecnología sino del poder... esas preocupaciones (sobre “Poder Mercado”) fueron desenfatizadas por varias generaciones, pero están regresando... Reich hace un buen caso que la ampliación de la desigualdad refleja decisiones políticas que hubieran podido dirigirse en muy diversas direcciones..., en algunos casos... es el resultado del crudo ejercicio de la influencia política para prevenir políticas que limitarían a los monopolios”.

¿Por qué dos distinguidos economistas keynesianos, identificados con la reforma y no con la destrucción del capitalismo, están hablando así? ¿Por qué Bernie Sanders, un social demócrata de 74 años con estas ideas, está teniendo tanto éxito en el corazón mismo del capitalismo mundial? Si no es posible o conveniente un frente amplio contra el “gran capital” o la “oligarquía” para equilibrar las relaciones de poder e impulsar el capitalismo para las mayorías, ¿cómo lograrlo por otros medios? Muchos millones de ciudadanos en el mundo queremos, deseamos, encontrar esa respuesta.

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