El fuego de la esperanza resplandece en las sombras

El Salvador, decirlo es redundar, está sumergido en el fondo de una crisis económica y social, estructural en general, que no es de hoy; viene de décadas, si no siglos, cuando nació como república sobre relaciones de iniquidad económica y desigualdad social.
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Acaso aquellas relaciones eran necesarias entonces para el desarrollo social, pero ya no corresponden a la realidad de hoy. Más bien, son la iniquidad y la desigualdad con su hija putativa, la exclusión, los apocalípticos jinetes que traen las sombras de la pobreza y la violencia al país y el mundo entero.

De ellas, la corrupción, el deterioro ecológico, la ausencia de valores, el consumo desaforado, la adoración al dinero, en fin, el pecado estructural nos mantiene en una noche social que para muchos, presos del desaliento y la desesperanza, no tiene fin. Empeora en lo económico, según opina casi la mitad de los salvadoreños (49.6 %), si nos atenemos a estudios de opinión. Y más aún (69.3 %), perciben un aumento en la delincuencia.

Entre esas sombras, la corrupción. El gusano que roe las entrañas de la sociedad salvadoreña como un engendro de la modernidad engordado por la posmodernidad; producto de la avaricia y la falta de una ética cristiana a la medida del ser humano. Y que se expresa en nuestro país en el “raro” proceso judicial al expresidente Flores, que parece se encamina a ser, no el esperado “combate a la corrupción”, sino la victoria de una impunidad que favorece intereses de un poder que se resiste a renunciar a viejos privilegios.

Son apreciaciones por supuesto, pero para quienes así opinan la noche es más oscura. Y quizá lo sea, pero, ¿es más oscura que aquella sumergida en los tiempos, en la que no vibraba el más mínimo resplandor y fue el primer amanecer del mundo?

La noche también tiene su bondad, nos obliga a acercarnos, a reunir voluntades y actos para protegernos. Debemos aprovecharla. Como hombres y mujeres de fe, es propicia para la oración, para el fortalecimiento del espíritu y la elección del camino verdadero que trazan las huellas de Jesús.

Así, cuando sobre el mundo se derrama la noche, los hombres pueden ir a descansar confiados en que las tinieblas son provisorias, estaciones en un viaje que conduce a una mejor vida, salvífica y eterna. Es por eso que la humanidad, aun en medio del más lacerante dolor, no desfallece ante los cataclismos de una naturaleza que ella misma ha descuidado.

Como país, los salvadoreños tendríamos que comprender que la situación, esa oscura noche social, nos cubre a todos con sus sombras, que la violencia son esas penumbras que deben acercarnos para encontrar en el diálogo la solución y con las acciones realizarla. Para merecernos un nuevo amanecer en El Salvador.

Digo “merecernos”, porque el amanecer es inevitable. Desde el amanecer del mundo está amaneciendo sobre los hombres, y si no son capaces de advertirlo, es porque han quedado ciegos ante el deslumbre del oro y la frivolidad. Pero sobre el territorio herido de El Salvador se ven resplandores portadores de un nuevo amanecer. Los hombres de fe lo saben y saben también que ese amanecer es Jesucristo.

Por muy cerrada que sea nuestra noche, es solo eso: noche que precede el amanecer. Muerte del fruto para nacer de nuevo y multiplicarse.

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