El fuego devora todo

Al regresar de dictar una conferencia a estudiantes de la Universidad Gerardo Barrios, en el recorrido de San Miguel a San Salvador, me encontré con la presencia de por lo menos seis incendios en la ribera vial de la carretera del Litoral salvadoreño.
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No eran incendios de áreas de terreno sembradas de caña de azúcar, previas al corte de la caña, no, eran áreas semiboscosas, cercanas a poblaciones, dado que somos un país sobrepoblado.

En los sitios siniestrados se miraba gente, pero que dadas las prácticas de tránsito vial y convivencia social somos igualmente un pueblo con no pocos ignorantes, con presencia de habitantes que muestran total desapego e indiferencia por la vida vegetal y animal, que indistintamente buscan hacer el daño irreparable a la poca naturaleza que aún poseemos.

El cuidado de la naturaleza nacional es de vital importancia para no aumentar aún más la temperatura del medio ambiente nacional, la cual en la zona oriental, mayormente, se ha vuelto inclemente para el ciudadano medio que desconoce las condiciones de protección contra la luz solar y el calor derivado de la ausencia de árboles, habitaciones con insuficiente ventilación, y depredación de la flora y la fauna.

La semana pasada el país se daba por enterado que se prepara para las próximas semanas la primera exportación de 50 mil toneladas de azúcar hacia China, luego de que en diciembre pasado el país asiático habilitó una cuota de importación para El Salvador.

Este envío a China representa más del 10 % de la producción de azúcar exportable del país, ya que actualmente se exporta un 60 % de la producción nacional y el 40 % se destina al consumo local, que no ha variado su demanda en los últimos años. Ambos datos alegran a los productores nacionales de azúcar, a quienes sabemos acerca de la importancia de realizar buenas prácticas industriales, y a la población beneficiada con trabajo temporal durante los trabajos de mantenimiento de cañales y levantamiento de la cosecha a escala nacional. Este anuncio requerirá un incremento de las tierras dedicadas a la siembra de caña.

La superficie total sembrada de caña de azúcar en el ámbito nacional durante el año 2014 fue de 110,813 manzanas, el 98 % fue cosechado para moler y el 2 % corresponde a la caña que se destina para semilla, panela y otros usos.

Las buenas noticias se deben tomar como buenas, las otras, las derivadas de las actividades productivas de la caña de azúcar, se deben considerar por separado pero simultáneamente. Si a los ciudadanos de bien nos asombra, entristece y enfurece ver seis incendios forestales en una mañana de retorno a San Salvador, con mucha más razón se ensombrece el porvenir de las nuevas generaciones ante un país que empobrece su fertilidad y se acerca su desertificación.

Imaginémonos que el total de manzanas de terreno destinadas a la plantación de caña de azúcar fueran incendiadas simultáneamente de acuerdo con la práctica de quema de cañales para anticipar la acción de corte; esto crearía una especie de infierno nacional al reducir casi en su totalidad la fauna silvestre a cero; desertificación al eliminar la flora y las fuentes de filtración de agua, esto sería algo cercano a la masiva evacuación de las áreas poblacionales cercanas a los lugares de cañaverales, dadas sus malas prácticas de eliminación de rastrojos.

Este hecho que se repite todos los años no solo crea “facilidad” para administrar los rastrojos del cañal, sino que también crea pobreza de los terrenos al ver eliminada su capacidad de fertilidad.

Se espera que las autoridades y las gremiales se sienten a fijar mejores formas de producción, estableciendo mejores estándares para ayudar a crear un mejor El Salvador, tanto desde la parte productiva, como desde la práctica humana para proteger los escasos recursos que aún se tienen y se aprecian, para un mejor medio ambiente nacional.

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