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El futuro con que soñamos (A la memoria de don Alfonso Salazar)

No me alegro del fallecimiento de Fidel Castro, pero tampoco puedo eludir el recuerdo del enorme daño que le infligió a nuestra Patria.
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A él lo juzgará la historia por sus hazañas, sus ideales redentoristas y aun por sus fracasos, pero seguramente poco o ningún espacio ocuparán aquellos mártires salvadoreños que perdieron sus vidas en un país que siempre aspiró a un futuro mejor, pero no a través de las armas y, menos, por la injerencia nefasta de terceros. Obviamente, El Salvador de hoy es en gran parte producto de los déficits acumulados antes del conflicto, pero el desenlace de este y sus desarrollos posteriores solo han contribuido a prolongar la desesperanza de la gente y a sumir en más pobreza al país entero.

Nuestros dirigentes pueden adoptar la prédica socialista de que para que el sistema se arraigue tiene que pasar por un largo período de maduración. Pero cuando hasta el mismo Fidel reconoció que el socialismo había fracasado –incluso en Cuba– abrumado por la caída del muro de Berlín y después de más de medio siglo en el poder, qué podemos esperar los salvadoreños cuando se constata las precarias condiciones materiales en que siguen viviendo los cubanos y más aun, cuando observamos el desastre venezolano, un país que lo tiene todo para formar parte del primer mundo, si solo fuera gobernado por personas centradas.

Nadie cuestiona la valentía y el bien fundamentado objetivo de Castro y sus compañeros de viaje para derrocar al dictador Batista; ni su tenacidad para diseminar y arraigar su modelo en la región, sin duda estimulado por el logro de avances que más que reales llevaban la impronta de desafiar al mundo capitalista. Sus sueños estuvieron lejos de materializarse, pero los pocos que abrazaron las ideas siguen aferrados a un proyecto que solo ha contribuido a generar más pobreza y fragmentación de la sociedad. Sin embargo, eso no inmuta a sus seguidores. Para el caso, en una parte de su alocución, el gobernante salvadoreño expresó: “Cuba es un ejemplo de lo que se puede lograr para el bienestar y la felicidad de la gente”, mientras aquí una reconocida diputada del FMLN consideraba al fallecido como (otro) faro, insinuando que su luz iluminaría el camino que nos conduciría a la redención definitiva.

Con el futuro inquilino de la Casa Blanca corremos el riesgo de que nuestros problemas se compliquen con solo que no le bajemos el tono al discurso confrontativo que mantienen algunos dirigentes del FMLN. Nuestra marcada dependencia de Estados Unidos, empezando por los cuantiosos recursos que el país recibe de los emigrantes y la ayuda económica que nos han brindado por años, debería ser suficiente para que la ideología enfermiza deje un mayor espacio a un pragmatismo sensato. Esto no significa aceptar el vasallaje, sino un reconocimiento honesto de nuestras propias debilidades y fortalezas, especialmente tratándose de acciones relacionadas con la política comercial y migratoria, campos en los cuales debemos desarrollar acciones conjuntas con Centroamérica.

El abandono de los presupuestos básicos del Acuerdo de Paz hacen ahora más difícil la tarea, en lo cual coincidíamos con la persona a cuya memoria está dedicada esta columna. No sé cuántas de las casi 1,200 que hemos escrito por más de veinte años pasaron por el escrutinio de don Alfonso. Pero siempre que nos referíamos a las oportunidades que hemos perdido, invariablemente echábamos de menos, ya en el invierno de nuestras vidas, un pasado más apacible y promisorio. Pero él, habiendo trajinado más por esta vida terrenal, valoraba con más objetividad el daño que ello nos ha causado. Por eso es que cuando se oye decir a los actuales dirigentes que el país va transitando por el camino correcto y que lo mejor está por venir; mientras los otros solo balbucean un yo no fui, solo queda pensar en que el futuro con que soñábamos está muy lejos de materializarse, aun sin Fidel.

Tags:

  • fidel castro
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