El grave problema del agua tiene muchas facetas y, como todos los grandes problemas, debe ser enfocado integralmente

Para empezar, hay que tomar la debida conciencia institucional y social de que en nuestro país nunca ha habido respeto y cuidado por la Naturaleza en la medida pertinente, como si ésta fuera un escenario en el que todas las depredaciones son posibles sin consecuencias.
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El descontento social por las deficiencias reiteradas y expansivas en el servicio del agua viene creciendo en los tiempos recientes, haciendo que los habitantes de muchas comunidades se manifiesten airadamente en las calles en protesta por lo que están viviendo. Al disgusto por la escasez se suma el rechazo por el aumento en las tarifas, ya que muchos ciudadanos pagan por un servicio que no reciben. Hay aquí otro de los muchos círculos viciosos en los que está atrapada nuestra conflictuada sociedad, que en tantos sentidos parece cada vez más lejos de la normalidad que permite una sana convivencia y un desarrollo conveniente para todos.

Para empezar, hay que tomar la debida conciencia institucional y social de que en nuestro país nunca ha habido respeto y cuidado por la Naturaleza en la medida pertinente, como si ésta fuera un escenario en el que todas las depredaciones son posibles sin consecuencias. Pues bien, aquí estamos hoy padeciendo los devastadores efectos de esa irresponsabilidad histórica reiterada. Deforestación galopante, erosión progresiva, desperdicio masivo del agua de lluvia, urbanización desordenada y descontrolada, descuido constante de las estructuras acopio y de distribución; y al juntar todo eso hemos ido llegando a la inoperancia constante y creciente. A estas alturas, como ocurre en tantos otros nudos problemáticos que nos tienen atrapados, ya no basta con administrar emergencias: hay que impulsar procesos no sólo correctivos sino también redefinidores de estrategias y procedimientos, para que el deterioro y la ineficiencia no se sigan profundizando.

Todo esto implica generar un proyecto nacional que por una parte comprenda los adecuados tratamientos del fenómeno tal como se presenta en los hechos y que por otra parte considere a fondo y en forma programática el despliegue de una verdadera conciencia ambiental en todas las áreas y espacios donde dicha conciencia debe tener la debida incidencia. En este caso, como en tantos otros que se vienen acumulando en el tiempo, la indiferencia y la desidia se vuelven los factores que conducen directamente a la crisis. Porque lo que ahora vivimos en este rubro no es nuevo en ningún sentido, y debería comenzarse por reconocer y aplicar de inmediato las lecciones correspondientes.

Lo que ya no se puede es continuar de emergencia en emergencia, porque entonces prácticamente todas las energías necesarias para funcionar bien tienen que dedicarse a sofocar fuegos y a controlar coyunturas adversas. Desde luego, cuando se dan situaciones como la del agua disponible en estos momentos hay que actuar sin tardanza, porque se trata de necesidades básicas para la supervivencia de la población; sin embargo, el esfuerzo tiene que ir mucho más al fondo y con voluntad de permanencia, pues sólo así se frenarán males presentes y se evitarán males futuros.

Ni en este ni en ningún otro asunto tan vital como este hay que dejar que las cosas lleguen al punto de ser incontrolables. Cuestiones como los efectos del cambio climático hay que tratarlas de modo sistemático y con la apropiada disciplina institucional. E insistimos en el punto de la conciencia ambiental generalizada, sin cuyo firme apoyo muy poco se puede ir logrando progresivamente.

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