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El impacto de la extorsión está generando efectos cada vez más destructivos en todo el sistema de vida nacional

La extorsión es un mal que genera cada vez más metástasis, porque aquí de lo que estamos hablando es de que hay un creciente número de personas que quieren vivir del trabajo ajeno por la vía más perversa, que es la de la amenaza contra la integridad y contra la vida de las víctimas.
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Como hemos venido señalando en cuantas ocasiones ha sido oportuno, la incidencia de las diversas acciones criminales en la situación que se vive en el terreno de los hechos es el factor más desestabilizador que venimos padeciendo desde hace ya bastante tiempo, y cada vez con más impacto en la vida de todos los salvadoreños. Y como también hemos subrayado persistentemente, aunque los homicidios acaparan la máxima atención cotidiana, el flagelo de la extorsión tiene efectos estructurales de alta intensidad que ponen en real peligro todos los esfuerzos de normalización y de progreso que se tratan de impulsar en el ambiente. Este fenómeno requiere mucho más esfuerzo de control que el que se le viene dedicando, porque de lo contrario se podría llegar a un estado de postración productiva irreversible.

En el estudio que al respecto ha dado a conocer FUSADES según los datos de una encuesta realizada a comienzos de 2015, se evidencia que el 42% de las pequeñas y medianas empresas han sido víctimas de extorsión; y en lo que a la forma de extorsionar se refiere, el 46% se ha hecho de manera directa, es decir cara a cara; y en lo referente a la autoría del delito, el 76% se atribuye a las pandillas. Aunque sería conveniente actualizar estos datos al día de hoy, lo manifestado deja muy en claro que la plaga extorsionista está bien plantada en el ambiente, lo cual significa que hay un desafío verdaderamente significativo en función de asegurar la seguridad y la normalidad dentro del marco estricto de la ley.

Hay en vigencia una Ley Especial contra el Delito de Extorsión que evidentemente hasta hoy no ha cumplido su cometido. Lo que habría que hacer, en primer lugar, es analizar lo que en realidad está ocurriendo en los hechos cotidianos, sin ningún sesgo interesado. La extorsión es un mal que genera cada vez más metástasis, porque aquí de lo que estamos hablando es de que hay un creciente número de personas que quieren vivir del trabajo ajeno por la vía más perversa, que es la de la amenaza contra la integridad y contra la vida de las víctimas. Nunca antes, ni aun en los momentos más dramáticos del conflicto bélico, se ha dado una sensación de inseguridad tan aguda como la que ahora aflige a la generalidad de salvadoreños.

Hay que insistir en el hecho de que si bien es indispensable contar con legislación pertinente y suficiente para hacerles frente a todas las contingencias que puedan presentarse, no basta nunca con que la legislación exista: hay que hacerla vigente sin reservas, con todo lo que ello significa. Y más cuando se trata de situaciones como la extorsión, que son plagas que se extienden en forma agresiva cuando no se contrarrestan a tiempo.

La efectividad institucional debe demostrar que está viva y actuante en cada lugar y momento, de tal modo que la delincuencia, del tipo que sea, tenga cada vez menos márgenes para poner en práctica sus distintas modalidades de ataque. En tanto esto no empiece a hacerse sentir de manera convincente y comprobable la sociedad en su conjunto continuará a merced de los designios y dictados de la organización del crimen.

Esperamos que las autoridades competentes se hagan cargo de la responsabilidad que les corresponde y que la sociedad también se comprometa con esta tarea de regeneración social, de la cual depende en gran medida el futuro de todos.

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