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Sólo San Mateo supo de los Magos. Que los otros evangelistas no estuvieran al tanto de la adoración de aquellos sabios es un indicativo de que en la tradición oral de los primeros cristianos, ese detalle de la Natividad no era unánime ni habría sido congruente con la vida de Jesús de Nazaret.

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Cristian Villalta

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Que aquellos hombres llegasen hasta Belén siguiendo a una estrella como símbolo de la divinidad del Niño es un prodigio que cabe en cualquiera de los Testamentos, pero que en su adoración le llevasen oro, incienso y mirra es controversial. Aunque esos signos están ligados a toda una tradición y se les identifique respectivamente con la realeza, la divinidad y la humanidad, nada caracteriza más a nuestro Señor que su renuncia a las riquezas y su desapego por las cosas que constituyen el mundo.

"Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre", escribió Juan hacia el año 100 sobre las enseñanzas de quien fue su maestro.

Pero la tradición cristiana recogió esos signos felizmente, y luego estableció en tiempos del Papa León I que los magos eran reyes, y que eran tres, y 300 años después, se estableció que se llamaban Melchor, Gaspar y Baltazar. Se dice que los restos de los tres sabios yacen en un hermoso sarcófago en la catedral de Colonia, por supuesto dorado y opulento. Pero hay otra tradición que establece en 12 el número de los hombres que habrían llegado a Belén en adoración, procedentes sostienen algunos estudiosos de Persia o bien de Babilonia o incluso de Andalucía.

En resumen, que aunque los tres hombres bellamente ataviados sean personaje célebre de las pastorelas, y aún con lo bonito que lucen en los nacimientos, con sus camellos, dromedarios y elefantes conviviendo con vacas y bueyes, nada hay de pecaminoso en creer que la historia completa es sólo una metáfora de Mateo para explicar a los cristianos primigenios, sobre todo a los de origen judío, que la palabra de Jesús era para todos y que el centro de sus enseñanzas no estaba en la discriminación sino en la certeza de que todos somos hermanos.

Pero humanos somos, de perezoso corazón, y nos es más cómodo recitar los signos y celebrar los ritos que seguir el ejemplo de Jesús. Y por eso con este como con los otros ingredientes de esta temporada, es más fácil enfatizar en la versión light de la Navidad: compartir con aquellos a los que consideramos nuestros iguales, agradecer por lo que tenemos y alimentar inconscientemente en los más pequeños esa distorsión de nuestra fe.

¿Cómo celebraría estos días aquel al que llamamos Maestro? ¿Lo haría sólo con su familia, con sus amigos, sin compartir el pan más que en su casa? ¿Qué se dibujaría en sus ojos al saber que en nuestro corazón sólo hay alivio por lo que tenemos?

Somos infames todos, y un poco todos los días. Groseros, prepotentes, vanidosos, egoístas. Lo seremos hoy, mañana y el 24. Y en el caso de nuestra orgullosa nacionalidad, tenemos una especial facilidad para violentarnos unos a otros, con particular saña contra los más humildes, ellos descalzos de la vida, nosotros descalzos del alma.

Pero hay un kit contra nuestro pecado que en su dedicatoria lleva tu nombre y el mío y el de cada quien. Para usarlo basta con entender que, sí, Jesús vino a morir por nosotros, pero también vino a enseñarnos cómo vivir.

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