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El “cambio climático” abarca en realidad todas las atmósferas humanas

No podemos seguir viviendo en el mecanicismo indiferente. Hay que abordar los hechos con un nuevo arsenal de ideas. Hay que rehabilitar el espíritu crítico, no demoledor sino reconstructivo.
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Estamos en fase evolutiva acelerada, y a eso muchos le dan la caracterización de “cambio”, aunque el término se viene contaminando con el uso interesado. No es casualidad que el clima sea hoy uno de los escenarios más visibles y sensibles de la transformación universal. Aunque hay voces que adversan el concepto de “cambio climático” tal como comúnmente se maneja, por resistirse a considerar que el factor humano es uno de los detonadores de los trastornos que estamos viendo y viviendo en ese campo, lo cierto es que resulta innegable la existencia de un fenómeno que va más allá de las variaciones previsibles conforme a los criterios del ciclo climático. Algo novedoso está pasando, y las evidencias lo demuestran, con suficiente dramatización, a ratos catastrófica, para no dejar lugar a dudas.

La atmósfera moral viene hallándose en trance desde hace ya algún tiempo. No es que cambien los principios básicos, que son producto del despliegue acumulativo de la civilización: es que esos principios salen cada vez más a hacerse mensajeros de una civilización nueva, en la que el individuo asoma como la fuerza renovadora. No es el individuo atrapado en su condición egoísta, sino el individuo con vocación de eso que antes se llamaba “ciudadanía del mundo”. En esta era de creciente globalización, el clima humano tiende a ser cada vez más moral y menos político, y por eso es que la política está en crisis. Una crisis que, paradójicamente, es de buen augurio: hay una frescura humana en proceso de emisión, lo cual hace que, en medio de todos los trastornos del presente, haya creciente expectativa sobre las posibilidades revitalizadoras del futuro.

También hay una efervescencia novedosa en la atmósfera ciudadana, como se ha podido constatar con los fenómenos inusitados que se dieron en el aparentemente cristalizado mundo árabe, generando situaciones tan inesperadas como la de Egipto. En Europa, los movimientos de “indignados” han hecho sentir su fuerza cuestionadora. Y aun en Estados Unidos el sentir de grupos específicos, como son por ejemplo los llamados hispanos, ha puesto en jaque a las tradicionales estructuras partidarias. La ciudadanía global está en trance de surgimiento a una nueva luz reveladora. La atmósfera ciudadana, que viene de ser dependiente y subordinada, se halla en el centro del ciclo histórico actual, y eso establece un clima al que todas las otras atmósferas humanas tendrán que someterse más temprano que tarde.

En la política es donde es más evidente la mutación atmosférica. Desde que se disolvió la bipolaridad universal, allá a fines de la penúltima década del pasado siglo, no ha cesado el “cambio climático” en esa área. En estos momentos, nada de lo que hasta hace poco se daba como seguro y aun como intocable en la fenomenología política deja de mostrar alteraciones y mutaciones. Los poderes políticos tradicionales se hallan en crisis, y es una crisis de identidad y de credibilidad, que no da visos de resolverse con medidas ocasionales o con recetas ad hoc. Es la política como expresión de vida social lo que se encuentra en permanente entredicho. ¿Cuánto durará semejante estado de cosas? De seguro hasta que se dé la necesaria reconfiguración de los paradigmas y de los métodos, al servicio de un mundo habilitado para funcionar de veras.

Y, más al fondo, se está moviendo sin duda un cambio que podríamos llamar estratégico en la atmósfera espiritual. Esto, por su propia naturaleza, tiende a ser más sutil, aunque no por eso deja de ser profundo y reconstructor. Es posible atisbar que, en un campo de características tan delicadas, el cambio atmosférico y climático se va moviendo casi a hurtadillas. No se trata de recomponer las bases de ninguna fe de las vigentes, sino de hacer que todas ellas vayan confluyendo, sin perder sus propias identidades, hacia el espacio común donde la criatura humana conecta con la divinidad. Y eso ocurre en un terreno básicamente interior de cada quien. La nueva atmósfera, pues, se origina en las interioridades de la conciencia personalizada, y de ahí va expandiéndose hacia los territorios del ser social en sus diversas esferas.

Todo lo anterior, que desde luego no agota las formas de “cambio” a las que estamos expuestos todos los que, en distintas latitudes y de diferentes maneras, compartimos este momento de la realidad histórica, nos debería poner, de entrada, en riguroso trance reflexivo. No podemos seguir viviendo en el mecanicismo indiferente. Hay que abordar los hechos con un nuevo arsenal de ideas. Hay que rehabilitar el espíritu crítico, no demoledor sino reconstructivo. Sólo con esa voluntad en ristre podremos enfrentar con éxito las vicisitudes actuales y venideras.

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  • ciclo climatico
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