El “tortuguismo reumático” en la visión y gestión pública del desarrollo (y III)

El origen de todo es la baja calidad del liderazgo político y de las instituciones; y su solución un liderazgo político calificado llamado a transformar las instituciones.
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El “tortuguismo reumático” en la visión y gestión pública del desarrollo (y III)

El “tortuguismo reumático” en la visión y gestión pública del desarrollo (y III)

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Gestión Pública. Al atraso de la visión y sus consecuencias en el diseño y ejecución del desarrollo nacional y del fortalecimiento de las instituciones públicas, se suma la lentitud en la gestión y en el proceso de toma de decisiones a todos los niveles de los Gobiernos, con consecuencias nefastas para el desarrollo nacional.

El considerable abandono de las instituciones públicas en 23 años de posguerra es evidente en la obsolescencia de sus marcos normativos y de sus modelos de gestión, en la considerable debilidad tecnocrático-institucional, en la falta de idoneidad profesional de muchos ministros y directores generales, de varios directores y presidentes de juntas directivas de instituciones autónomas, sustituidos, en algunos casos, a un promedio de uno cada año o cada dos. Sin hablar de los efectos perniciosos de corrupciones –o de sus intentos– en diversos proyectos de inversión o adquisiciones que encarecen y retrasan la ejecución y gestión pública, desmoralizándola.

La combinación de leyes, reglamentos y disposiciones engorrosas y la mentalidad burocratizada de muchos funcionarios, combinada con la falta de urgencia o incapacidad en la toma de decisiones y en su posterior ejecución, es parte de la organización y cultura de la lentitud. Además, en las concepciones atrasadas, burocratizadas y faltas de transparencia de muchas instituciones, se centraliza y compartimentaliza la información y el conocimiento, poniéndoles cada vez más candados; sin trabajar y comunicarse horizontal y transversalmente, sin utilizar y socializar indicadores de gestión y sistemas de monitoreo en tiempo real de la ejecución física y financiera de los proyectos diversos, desde los niveles más altos del gobierno hasta las direcciones y departamentos de las diferentes instituciones públicas y de los organismos contralores. Así se condena al Estado y a la sociedad a una lentitud que retrasa y encarece la inversión pública y ahuyenta la inversión privada, fomentando la pobreza sostenible.

Los funcionarios lentos, acomodados a la parálisis, no tienen problemas, cuidando sus puestos y estatus. Pero aquellos que intentan acelerar los procesos, entran en contradicciones crecientes, sintiendo –literalmente– que de diferentes lados les agarran los pies y las manos, boicoteando su visión y su sentido de urgencia. Entre estudios y más estudios y lentas decisiones, se acumulan y crecen los problemas, posponiendo sus soluciones al próximo año, al próximo gobierno o, en algunos casos, a la próxima generación.

La sofocante lentitud se deriva, en gran parte, del individualismo y la desconfianza generalizada, de la falta de trabajo en equipo, y de la cultura y mentalidad de “subdesarrollo y tercer mundo”, la de “pensar y actuar en pequeño”, la de “concepciones de espacios diminutos y canceles”, la del síndrome de la pequeñez geográfica, mental y cultural.

Y todo esto sigue sucediendo en El Salvador y en la Centroamérica lerda del norte, mientras en la del sur y sobre todo en el mundo del desarrollo y de sus aspirantes, el pensamiento y la economía se globaliza, las fronteras desaparecen, las productividades crecen, los tiempos y costos disminuyen, las economías de escala aumentan, las institucionalidades se fortalecen, mientras toda la actividad económica e institucional internacional trata de responder y adaptarse a la presión permanente por la eficiencia, la disminución de riesgos, y la rentabilidad de las inversiones.

Durante los 12 años de guerra perdimos un cuarto de siglo de nuestra base económica, comenzando la posguerra con un PIB per cápita equivalente al de 1965, alcanzando el nivel de la preguerra (1978) hasta 2002. Desde entonces, el PIB per cápita creció apenas 1.4 % anual, siendo en 2014 solo 17.1 % mayor que en 1978, 36 años después...

Entre la guerra, la reconstrucción de posguerra, la transición democrática, la guerra de las pandillas, la polarización y guerra política permanente entre los dos grandes partidos políticos, y la entelequia estatal tatarata, casi cuatro décadas después nos ha ido dejando la historia, arrastrándonos a paso de “tortuga reumática”. Lo peor de todo no son los enormes problemas y atrasos que confrontamos, sino el habernos acostumbrando y resignado a los más altos niveles de asesinatos y extorsiones, a la corrupción impune, y al retraso y lentitud en la visión y gestión pública del desarrollo.

El origen de todo es la baja calidad del liderazgo político y de las instituciones; y su solución un liderazgo político calificado llamado a transformar las instituciones.

Aquí ya no se trata del esfuerzo de un partido o del otro para conseguir los diputados adicionales y lograr la presidencia de la Asamblea Legislativa, considerando que aun con acuerdos nacionales estratégicos y mayorías calificadas en las grandes decisiones, será muy difícil hacer y sostener el viraje y la profunda reestructuración económica, social e institucional que necesitamos. O nos ponemos de acuerdo o nos ponemos de acuerdo, arreglando las cuentas pendientes con el “tortuguismo reumático” en la visión y gestión pública del desarrollo.

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