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El lema de la República es “Dios, Unión, Libertad”: rindámosle siempre los debidos honores en los hechos

Este 15 de septiembre propongámonos recuperar nuestro país en todos los sentidos, en función de una convivencia cada vez más justa y más armoniosa.
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Nuestro país se encuentra en período de convulsiones y conflictividades de alta intensidad, pero eso no debería ser impedimento para que los salvadoreños sigamos teniendo fe en nuestras fuerzas positivas y esperanza en los logros factibles del presente y del futuro. A lo largo del tiempo, nuestra sociedad ha tenido que encarar pruebas verdaderamente duras y dolorosas, y hasta la fecha siempre ha logrado superarlas luego de muchos esfuerzos y sacrificios. Esa es una norma de vida que está plenamente vigente y que de seguro lo estará en toda circunstancia. El espíritu nacional no puede decaer frente a ninguna adversidad, por devastadora que sea. Por el contrario, las adversidades hay que procesarlas como estímulos para alcanzar un mejor desempeño nacional en lo inmediato y a largo plazo.

Estamos acostumbrados a oír y a repetir la frase “Dios, Unión, Libertad”, como si fuera una expresión puramente formal que sólo se usa en los símbolos patrios, en los discursos conmemorativos y en las notas oficiales. Pero en verdad su significado es mucho más elevado. Y en estos días de septiembre, cuando las conmemoraciones cívicas cobran especial presencia, adquiere mayor efecto significativo el ponerle atención especial a la frase aludida, en el contexto entrañable de las vivencias personales y colectivas.

La invocación a Dios es lo más inspirador que puede haber en cualquier tiempo y en cualquier circunstancia. La interiorización espiritual representa el reencuentro con las esencias humanas más vivas y trascendentales. Y si Dios es reconocido como el guía de la Patria podemos multiplicar la confianza en que el destino nacional está bien resguardado, cualesquiera fueren los avatares que se hagan presentes en la vida social, entendido este término en su dimensión más amplia. Sintámonos amparados por la benevolencia divina para poder enfrentar con ánimo confiado lo que nos depare la vida en todo momento.

La unión hace la fuerza, dice la infalible y siempre renovada sabiduría popular. Y tal efecto se produce en todas las formas y versiones en que la unión se manifieste. No es casual que en estos tiempos y en estos días estén proliferando en nuestro ambiente los mensajes que urgen a que los salvadoreños nos unamos en torno a un proyecto de nación que nos permita resolver problemas del hoy y aglutinar aspiraciones del mañana. Y no es casual porque todas las señales de la realidad apuntan al imperativo de trabajar en común por el país.

Y en la libertad tenemos la brújula para no perder el rumbo hacia el progreso en su acepción más plena. La democracia se fundamenta en la vigencia efectiva del régimen de libertades, que a todos nos compete salvaguardar y promover. Si las libertades están en riesgo, no puede haber seguridad garantizada. Por eso todos tenemos que estar en guardia permanente para que ninguna de las libertades fundamentales se halle a merced de algún interés coyuntural que la elimine o la exponga al deterioro progresivo.

Este 15 de septiembre propongámonos recuperar nuestro país en todos los sentidos, en función de una convivencia cada vez más justa y más armoniosa. Esa debe ser la consigna que dirija todas las energías nacionales de aquí en adelante, para que tengamos un país más integrado y más convivible. Nos asiste la receta perfecta: “Dios, Unión, Libertad”.

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