El malestar ciudadano frente a la clase política y al desempeño institucional debe merecer mucha atención y cuidado

En primer término hay que destacar, por la significación que tiene en el desenvolvimiento de la gestión pública, la baja calificación que recibe el trabajo presidencial, en contraste con lo que ha sido tal calificación en los períodos anteriores. En este caso, dicho trabajo es calificado con la nota de 5 en una tabla del 1 al 10.
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En la más reciente encuesta de LPG Datos se grafica con patente elocuencia lo que la ciudadanía salvadoreña está sintiendo y pensando respecto de la gestión pública y de los actores políticos en juego. Lo que se percibe inequívocamente de las cifras resultantes de la consulta de opinión es que hay mucho descontento y mucha frustración en el ambiente, lo cual no solo mantiene a este en una atmósfera muy desalentadora, sino que puede ser el caldo de cultivo de trastornos mayores en el futuro, si no se activan los correctivos necesarios para que el país vaya saliendo de los atolladeros actuales, que son muchos y muy peligrosos.

En primer término hay que destacar, por la significación que tiene en el desenvolvimiento de la gestión pública, la baja calificación que recibe el trabajo presidencial, en contraste con lo que ha sido tal calificación en los períodos anteriores. En este caso, dicho trabajo es calificado con la nota de 5 en una tabla del 1 al 10. El Gobierno actual acaba de cumplir su primer tercio del período, y queda poco tiempo para ganar credibilidad ciudadana, ya que el último tercio de la gestión se hallará dominado por la nueva campaña presidencial. Estamos, pues, a los ojos ciudadanos, ante una crisis de eficiencia, que sin duda se vincula con la gravedad creciente de los problemas que agobian a la población en general. Hoy más que nunca es indispensable reanalizar las líneas de trabajo, para ponerlas en consonancia con lo que la ciudadanía quiere y espera.

Desde hace ya bastante tiempo, la sensación ciudadana es de desaliento sobre el estado en que se encuentran las cosas en el país, lo cual conecta con el pesimismo imperante y con la frustración que ello trae consigo. Es de tomar muy en cuenta que el 82.6 % de los encuestados considera que la situación nacional es mala o muy mala, y que el 78.7 % opina que vamos por el rumbo equivocado. Es posible que, por tratarse de percepciones muy personales, lo que impere en tales cifras sea el ánimo y no el análisis; pero en todo caso, hay que tener muy presente que la vida de una sociedad se rige, en primer término, por lo que la gente experimenta en la cotidianidad, y eso justamente es lo que más está fallando entre nosotros.

Resulta cada día más evidente que el clima de inseguridad que se padece en formas tan variadas es el principal factor de deterioro de nuestra realidad. Los ciudadanos lo dicen cada vez que se les pregunta sobre el actual estado de cosas. También la falta de verdaderas oportunidades de mejoramiento económico es una deuda social de gran peso. La ciudadanía ya no se contenta con promesas o con apoyos a medias: quiere ver resultados cuantificables no solo en el momento, sino en el tiempo. Aunque los llamados programas sociales den apoyos específicos, nunca servirán para superar de veras las condiciones de vida: para que esto ocurra tiene que haber una intensiva y bien planificada inversión social, que esté por encima de los esquemas ideologizados y que desate auténticas dinámicas de crecimiento en todos los sectores.

Lo que opina la ciudadanía no puede ser echado en saco roto, so pena de cargar con las consecuencias. Y a partir de dicha opinión, tal como se manifiesta en el instante presente, tendría que moverse un esfuerzo realmente sustantivo para que todas las energías nacionales entren en interacción inmediata. Esto exige que los distintos liderazgos tomen su tarea en serio, porque de otra manera no hay salidas posibles.

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