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El malestar y el desaliento de la población son factores que deben ser tratados prioritariamente para poner al país en nueva ruta

La más reciente encuesta de LPG Datos, realizada hace unos cuantos días, entre el 19 y el 23 de agosto, reitera, de manera elocuente, lo que piensan los ciudadanos respecto de la situación nacional, de la conducción política y del rumbo que lleva el país.
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Desde hace ya bastante tiempo la percepción ciudadana sobre lo que ocurre en el ambiente nacional se va deteriorando progresivamente, con lo cual se vuelve cada vez más difícil generar e instalar las dinámicas necesarias para que podamos alcanzar y sostener los niveles de crecimiento requeridos en función de asegurar estabilidad y desarrollo. Esto se reitera de manera constante, desde los más diversos ángulos del esquema socioeconómico, pero hasta la fecha no ha habido respuestas consistentes y eficaces, dirigidas a enfocar y a tratar la problemática con miras a las soluciones que en verdad funcionen como tales.

Las periódicas y variadas encuestas de opinión pública revelan, de manera puntual, que la ciudadanía está claramente inconforme con lo que pasa; y el hecho de que tal estado de ánimo se mantenga constituye un verdadero factor limitante y erosivo de todo lo que pueda emprenderse sin tocar el fondo de la realidad. La más reciente encuesta de LPG Datos, realizada hace unos cuantos días, entre el 19 y el 23 de agosto, reitera, de manera elocuente, lo que piensan los ciudadanos respecto de la situación nacional, de la conducción política y del rumbo que lleva el país. Los datos recogidos repiten lo que ya se ha dicho muchas veces, y al reiterarlos en la coyuntura que corre debería, cuando menos, despertar ejercicios de reflexión sobre lo que se ha hecho y sobre lo que no se ha hecho.

En cuanto a la situación del país, el 73.3% opina que es mala o muy mala; y en cuanto al rumbo del país, el 74.6 considera que vamos por el rumbo incorrecto. Los números hablan por sí mismos. Y, como decíamos antes, lo más significativo es que estas percepciones no son casuales ni esporádicas, sino que forman parte de una línea de apreciación ciudadana que ya se volvió tristemente sistemática. No es explicable, entonces, el hecho de que desde las esferas donde se toman las decisiones sobre el quehacer nacional no se hayan dado ni se den señales de responder de manera responsable y creativa a lo que la ciudadanía vive y espera; y sostenerse en esa condición de oídos tapiados puede llevarnos a muchos desastres que, con otras actitudes, pueden ser evitables.

La conducción es clave, y por ello preocupa el hecho de que el Gobierno y su liderazgo principal resulten tan pobremente calificados por la ciudadanía. Este punto también tendría que merecer ejercicios de autoevaluación, que no se aferren a criterios autodefensivos sino que se enfoquen hacia la autocrítica sincera y desapasionada. Lo importante, en realidad, es que el país funcione, y que lo haga conforme a los estándares, a las posibilidades y a los desafíos que están ahora mismo en juego.

En cuanto a los problemas en sí, aunque la seguridad sigue estando en primera línea, la situación económica se va haciendo sentir entre los principales puntos de inquietud ciudadana. Insistimos entonces en continuar fortaleciendo la lucha frontal contra todas las formas de criminalidad y en apostarle decisivamente al crecimiento económico. Hay que superar todo ideologismo estéril y toda dispersión improvisadora. Lo que el país necesita es racionalidad pragmática, que es la que mejor responde a los requerimientos del bien común.

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