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El manejo eficiente y consecuente de los tiempos políticos es un tema que debería pasar al área de las cuestiones más atendidas

Los tiempos políticos van sucediéndose de manera acelerada, y eso es un reto permanente a la dinámica política porque las fuerzas partidarias, que viven de los resultados electorales que van produciéndose en forma sucesiva, están siempre más atentas a lo que puede resultar de los comicios próximos que a lo que necesita el proceso nacional para ir acomodándose constructivamente a su propia evolución. En tal sentido, lo que se necesita es generar un tratamiento inteligentemente integrado tanto del manejo de los tiempos como de las temáticas que hay que ir atendiendo dentro de ellos. Nunca se podrá dejar de lado el interés de los partidos por salir lo mejor que sea posible de sus pruebas en las urnas, pero sí se puede y se debe administrar dicho interés en forma sensata y responsable.
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El manejo eficiente y consecuente de los tiempos políticos es un tema que debería pasar al área de las cuestiones más atendidas

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Hace poco se intentó concretar una reforma constitucional para extender los períodos tanto de los diputados como de los concejos, pero el intento se ha frustrado de momento de resultas de un recurso presentado ante la Sala de lo Constitucional; aunque evidentemente habrá que revisar a fondo este tema, porque la saturación del calendario político tiende a ser distorsionadora por naturaleza. En todo caso, en el futuro más inmediato tenemos que seguir con los plazos tradicionales. Así, habrá elecciones legislativas y municipales a comienzos de 2018, en la antesala de las presidenciales de principios de 2019. Esto no hay que dramatizarlo, pero sí tomarlo en cuenta para tratar de mover voluntades políticas hacia un tratamiento menos neurótico de los tiempos políticos.

Como las legislativas serán antesala inmediata de las presidenciales sin duda serán manejadas como una prueba de lo que podría resultar un año después. Y es que las presidenciales de 2019 pondrán naturalmente sobre el tapete el punto de la alternancia, que por la misma dinámica del juego electoral podría ser más factible en 2019 que lo que fue en 2014. En cualquier caso, todo esto es un detonante de ansiedades, que evidentemente tienden a encresparse porque el poder en su expresión más notoria es lo que está en juego.

Hay que tomar en cuenta también otro elemento que siempre está presente, aunque casi nunca se le preste la debida atención: el interés ciudadano. La ciudadanía no padece ansiedades electorales, sino efectos poselectorales, porque a los que llegan lo que más les importa es llegar y en cambio a los representados lo que les importa es el desempeño de los que llegan. En ese sentido, ya los liderazgos políticos deberían tener perfectamente sabido que la ciudadanía le presta mucha mayor atención a los resultados de la gestión pública que al origen y al color de los que la desempeñan, y por consiguiente tendrían que centrarse mucho más en hacer bien las cosas que en publicitar sus propias posiciones. Cada partido tiene sus respectivas “alas duras”, pero éstas significan cada vez menos dentro del ejercicio real del poder, aunque mantegan a sus correspondientes fuerzas en práctica condición de rehenes.

Lo que todos los salvadoreños tendríamos que tener presente en todo momento es que en democracia lo que impera es la relatividad, y en ese sentido no hay nadie que pueda erigirse en gestor exclusivo de la cosa pública, por más retórica que se quiera hacer valer al respecto. La democracia reparte cuotas de poder, jamas entrega el poder. Las tentaciones nunca faltan, pero la realidad las va desmontando irremisiblemente. Y al ser así, las elecciones asumen su verdadero rol: repartir asignaciones temporales de responsabilidades, mucho más que ser repartos oficiosos de beneficios.

Pero el hecho temporal sigue ahí: elecciones legislativas y municipales en marzo de 2018 y elecciones presidenciales en marzo de 2019. Mantengamos a la vista el calendario, no como súbditos sino como administradores.

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