El mediador de Naciones Unidas y su enorme desafío (II)

El embajador Andión facilitará el diálogo hacia acuerdos de gobernabilidad y desarrollo, requiriendo de la voluntad y cooperación de los actores políticos involucrados, y de mucho, mucho apoyo de otros actores claves de la sociedad y de la comunidad internacional. Esto contribuirá a que los políticos cooperen.
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El secretario general de Naciones Unidas nombró al embajador Benito Andión, de México, como su enviado especial, teniendo “el mandato de facilitar el diálogo entre salvadoreños para tratar los desafíos claves que están afectando al país”. Con cuatro décadas de experiencia diplomática y relevantes cargos en la cancillería mexicana, fue embajador en El Salvador en los años claves de la implementación de los Acuerdos de Paz (1992-95) representando al Gobierno mexicano en nuestro proceso de paz. Respetado y apreciado desde entonces por diversos liderazgos del país, el embajador Andión facilitará el diálogo hacia acuerdos de gobernabilidad y desarrollo, requiriendo de la voluntad y cooperación de los actores políticos involucrados, y de mucho, mucho apoyo de otros sectores claves de la sociedad y de la comunidad internacional. Esto contribuirá a que los políticos cooperen.

Pero en las dos décadas que transcurrieron desde el final de la implementación de los Acuerdos, ya sin la tutela internacional, se consolidó un sistema bipartidista entre contrarios con nada en común, con la excepción de la búsqueda, el control y la mantención del poder. ARENA tuvo casi todo el poder durante 20 años. El FMLN lo ha tenido parcialmente durante siete años y medio. Ambos se agotaron en el ejercicio del poder, llevándose al país de encuentro sin transformarlo. Ahora ambos están en crisis y el país también, agotándose la posguerra sin visión, estrategia de futuro, y sin que buena parte de ellos lo entienda o les importe. El tan anhelado cambio finalmente no llegó, y el que llegó no fue para progresar, sino para estancarnos o retroceder. Quienquiera que gane las próximas elecciones sin proyecto de transformación concertado solo agudizaría la crisis y la confrontación nacional. Cuando avanzábamos irremediablemente hacia la tormenta perfecta, el presidente solicitó la mediación de Naciones Unidas.

No obstante, debido a intentos fallidos de diálogo en un contexto de alta inseguridad y postración económica que padecen amplios sectores de la población, hay desconfianza y escepticismo sobre otro intento más entre los mismos políticos que nos condujeron a semejante situación. El diálogo y la visión compartida de desarrollo impulsada por la Comisión Nacional para el Desarrollo fue un ejercicio constructivo con resultados sustantivos que no fueron llevados a la práctica por el segundo y tercer gobierno de ARENA en la primera década de posguerra. Más recientemente, las mesas de diálogo interpartidario facilitadas por la OEA y el PNUD nunca fueron asumidas con seriedad por los dos grandes partidos, sin contar el proceso con especialistas en procesos de mediación, diálogo y negociación. Resultado: diálogos sin creación de clima, sin metodología, sin contenidos, sin consistencia, sin resultados. No obstante contribuyeron –talvez– a la conformación y funcionamiento de la Comisión de Seguridad y Convivencia.

¿Que dicen los especialistas? Bajo la lógica de los poderes enfrentados, no se han desarrollado actitudes de observador, de “ponerse en los zapatos del otro”. En este estadio de precariedad evolutiva, “cada uno pertenece” y “es”, su propia perspectiva y nada más, por lo que cualquier cuestionamiento a dicha perspectiva es vista como un ataque personal que amenaza su propia existencia” (Harguidey, Salvador, y Jordan, Thomas, “Hacia una solución pacificadora, universal e integrada de los conflictos sociales y políticos”). Y agregan: “En consecuencia, no disponen de herramientas para percibir procesos complejos, sistémicos o de interrelaciones múltiples e integrar diferentes perspectivas en una cosmovisión integral y comprehensiva, capaz de acoger el amplio espectro de la realidad”.

Por ello, “tienden a creer que solo el dominio de una parte sobre la otra es la única salida a los conflictos. Dentro de esta cultura, el diálogo no es valorado como herramienta para la resolución de disputas ni existen espacios institucionales para construir coincidencias y dirimir divergencias. En tal contexto, se percibe como innecesario el uso de los métodos alternos para la resolución de conflictos. En el mejor de los casos, se recurre a las instancias judiciales, con las consecuencias que ello tiene en términos de tiempo, costos y su impacto en la calidad de las relaciones” (Rodríguez, Mireya, “El manejo de conflictos en nuestras sociedades y la gobernabilidad”); agregando: “Aun con estas dificultades para el manejo asertivo del conflicto, se resisten o no valoran la intervención de terceros, que pudieran ayudar para acercar visiones y posiciones en disputa, lo cual fragmenta aún más y aleja las posibilidades de entendimiento para el logro de acuerdos y definir una agenda conjunta de desarrollo. En consecuencia, impera la desconfianza y el saboteo mutuo, que reduce la posibilidad de resolución conjunta de las diferencias”.

Cualquier parecido a nuestra realidad es pura coincidencia...

(Continuará)

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