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El medidor más eficaz de la prosperidad es el eficiente ejercicio de la democracia, y viceversa

Tendríamos que reconocer como una lección de vida nacional el hecho de que estemos como estamos más por inconsistencias subjetivas que por adversidades objetivas.
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El medidor más eficaz de la prosperidad es el eficiente ejercicio de la 
democracia, y viceversa

El medidor más eficaz de la prosperidad es el eficiente ejercicio de la democracia, y viceversa

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Un proceso evolutivo como el nuestro se constituye en la realidad en una sucesión de pruebas sobre lo que se hace y lo que se deja de hacer en función del avance de dicho proceso en el tiempo. Por consiguiente, es del máximo interés para poder ir entendiendo de veras lo que ocurre, y sobre todo para poner dicho entendimiento al servicio de la buena práctica, que haya una constante y metódica evaluación de los hechos en el terreno, para a partir de ahí considerar rectificaciones, afirmar aciertos, analizar perspectivas y definir estrategias de acción. Y como todo este esfuerzo ha estado ausente en forma sistemática a lo largo de nuestra experiencia histórica, y sobre todo en la más reciente, los desperdicios de oportunidades y las distorsiones acumuladas siguen siendo lo común.

No es de extrañar entonces que nos hallemos imposibilitados de avanzar de veras, lo cual constituye un factor profundamente contaminador en sentido negativo de los diversos esfuerzos que puedan impulsarse con miras al desarrollo. Lo que en realidad sorprende es que habiendo tal caudal de evidencia en relación con lo señalado no hayan aparecido ni aparezcan líneas de análisis para dilucidar por qué los salvadoreños continuamos aferrados a obviar lo que nos pasa, en un mecanismo de negación que está fuera de toda razonabilidad. Los llamados “tanques de pensamiento”, que tienen tantas capacidades para reconocer fenómenos y definir directrices de tratamiento, tienen aquí una tarea de primer orden, que no deberían seguir eludiendo.

Desde nuestra perspectiva individual, uno de los puntos que en todo momento hay que tener presente para encontrar la ruta de las soluciones es el tocante al enlace permanente entre democracia y prosperidad. Aquí tampoco se trata de imaginar efectos mecánicos, como sería esperar que si la democracia va bien la prosperidad llega por derivación automática: tanto la prosperidad como la democracia tienen su procesabilidad propia, pero ninguna de las dos puede mantenerse sana y segura si la otra carece de las sustentaciones adecuadas. Y esto se pone en evidencia a cada instante. Hace algún tiempo, en una columna para este mismo espacio, apareció una frase que ahora viene otra vez al pelo: “Es como si viviéramos en una vitrina interactiva en la que todo va quedando a la vista al instante”.

Y en esta coyuntura nacional lo dicho se hace manifiesto en el día a día. Para el caso, al no haber crecimiento económico suficiente y sostenido las estructuras democráticas entran en fase de riesgo y aun de desgaste, y el ejemplo más claro de ello se da en la situación fiscal tan traumática que padecemos. Y, por otro lado, las complicaciones derivadas de la falta de funcionalidad democrática resultante de que los actores nacionales de mayor relieve político se resisten a entenderse entre sí hacen que la inversión sea escasa y que el resultado económico se mantenga raquítico. La interrelación no puede ser más notoria.

Si algo nos falta en el país es amplificar inteligentemente los enfoques sobre todo lo que va pasando, en función de habilitar diagnósticos y de acreditar tratamientos sobre la problemática nacional en su conjunto. Dicha falta, que es endémica, constituye el principal impedimento para recuperar los dinamismos que en épocas anteriores, no muy distantes en el tiempo, hacían de El Salvador una fuerza irradiadora en el área. Rehabilitar dicha capacidad ejemplarizante debería convertirse en misión unificadora para todos los salvadoreños.

Tendríamos que reconocer como una lección de vida nacional el hecho de que estemos como estamos más por inconsistencias subjetivas que por adversidades objetivas. Es decir, más por lo que nos resistimos a hacer que por lo que hacemos. Y en este punto las responsabilidades son generalizadas, porque las distintas fuerzas actuantes en el escenario nacional parecieran calcadas al respecto en el mismo patrón: intolerancia, atrincheramiento y tendencia obsesiva a la improvisación. Todo esto tendría que cambiar para que el país también pueda hacerlo.

Es imperativo seguir machacando en la necesidad de que todos los connacionales nos pongamos en línea con lo que nos demanda el destino del país que, en definitiva y por encima de cualquier diferencia, es compartir la responsabilidad respecto de todo lo que hay que hacer para encarrilarse hacia un nuevo horizonte de remodelaciones y de reavivamientos. El Salvador es de todos, y por ende no puede ser de nadie en particular.
 

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