El milagro de la democracia salvadoreña: el padre Hesburgh

En la noche del domingo 26 de marzo de 1972, el padre Theodore Hesburgh levantó su teléfono para escuchar: “Padrecito, han puesto a N apo en prisión y ellos le harán un juicio exprés para fusilarlo al amanecer. Tiene que salvarlo”. La llamada era de un alumno destacado de la Universidad que el Padres Hesburgh terminó presidiendo hasta su muerte.
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Se trataba del destacado empresario, economista y hombre de familia don Rolando Duarte Fuentes, quien movió sus piezas para salvar la vida de su querido hermano, el cual estaba en las garras de la tiranía del dictador Sánchez Hernández y sus secuaces.

En el momento de la llamada, el padre Hesburgh cumplía 20 años de presidir la Universidad de Notre Dame; habían pasado 4 desde el asesinato de su amigo el Dr. Martin Luther King, con quien marchó el 21 de junio de 1964 en Soldier Field, Chicago, para presionar la erradicación de la discriminación racial y de género, logrando la emisión del Civil Rights Act-1964. Ese revolucionario religioso, quien abrió las puertas a las mujeres estudiantes en la Universidad de Notre Dame y cuestionó al presidente Richard Nixon, ante la solicitud de don Rolando respondió: “¿Cómo se supone que lo salve cuando estoy a 15 mil millas de distancia? Usted quiere un milagro”.

Un día antes de LA llamada –el 25 de marzo de 1972– el coronel Benjamín Mejía, Manuel Rafael Reyes Alvarado y el mayor Pedro Antonio Guardado inspirados por el clamor del pueblo quien se pronunció en las elecciones presidenciales y legislativas, promovieron una revuelta para detener el régimen antidemocrático, fraudulento y represivo militar del Partido de Conciliación Nacional (actual PCN).

En un ejemplar acto de integridad y congruencia entre discurso y acciones, José Napoleón Duarte apoyó a las fuerzas rebeldes; y por ello fue encarcelado y brutalmente golpeado.

Gracias a Dios, el padre Hesburgh pudo contactar al presidente Caldera (Venezuela) y a su santidad Papa Pablo VI, quienes a su vez conversaron con el dictador Sánchez Hernández y le exigieron la seguridad de José Napoleón Duarte, quien había sido arrestado por el régimen. Don Napo tenía una pasión incomparable y una convicción inquebrantable de luchar hasta el final por lograr su objetivo. En 1971 había decidido correr como presidente tras conversar con su familia y con su inseparable y honorable hijo Alejandro y su querida esposa, Inés: “Nuestro país está en peligro, acabará en manos de los comunistas, porque serán ellos la única alternativa contra los militares, ¿quieres ver crecer a tus hijos y a tus nietos en un país comunista? Tenemos que hacer que la democracia funcione”.

El milagro que pidió don Rolando fue concedido. Se respetó la vida de quien se transformaría en el primer presidente elegido democráticamente en la historia de El Salvador y el primer salvadoreño en ser condecorado con un Doctor Honoris Causa de la Universidad de Notre Dame.

En El Salvador debe existir un eco eterno en agradecimiento al padre Hesburgh por inspirar a personas de bien en cumplir la máxima: “No puedes aceptar al mundo como es, sino trabajar por el mundo como debe ser”.

La democracia salvadoreña ha costado miles de vidas y sacrificios, por lo que tenemos la obligación de honrarla, cuidarla y cultivarla. Hay que hacerla funcionar como debe ser.
 

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