El momento de la ciudadanía

Quien quiera inventariar a las personas honestas y coherentes en la política salvadoreña le sobrarán bastantes dedos de las manos.
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Los partidos políticos son de las instituciones más desprestigiadas en el país. No es para menos, con tanto show mediático, con tanta doble moral y escándalos de corrupción es fácil sospechar de todo aquel que meta las manos al fuego por ellos.

Por un lado tenemos a unos que dicen defender libertades. En este sentido vale la pena aclarar el concepto de libertad, tanto la económica como la individual. La libertad económica es para todos, no solo para algunos: no significa estar libres de competencia ni ponerle obstáculos al que quiera innovar en el mercado. Como tampoco lo es pensar que los únicos “libres” de emprender y hacer negocios somos “nosotros y nuestros cheros”.

La libertad también es individual, e implica las decisiones de cada ciudadano: hacer, decir, consumir como nos plazca aunque a usted le moleste.

Por otro lado están quienes luchaban contra los ricos hace 30 años. Veían legítimos problemas que, en mayor o menor medida, siguen vigentes hasta nuestro presente.

La limitada participación política, la pobreza, la exclusión y el abuso del Estado no terminaron en 1992.

Un cuarto de siglo más tarde los líderes antisistema se convirtieron en el enemigo contra el cual luchaban. El discurso es el mismo, lo distinto es que ahora se vocifera desde una camioneta blindada y antes desde la montaña.

Ambos han estado en el poder suficiente tiempo para darnos cuenta de que son dos lados de la misma moneda podrida. La corrupción no es exclusiva de un solo extremo político.

Si se quiere comenzar invertir la dinámica política que se ha llevado hasta ahora no vamos a encontrar la solución en las opciones que tenemos actualmente. A mi manera de verlo tenemos dos opciones.

La primera es que la ciudadanía se tome los partidos. Si la gente honesta y capaz va desplazando a los que por décadas han estado enquistados, y se le acompaña una contraloría crítica por parte de la sociedad civil y de la prensa, podríamos ir viendo un cambio progresivo a mediano plazo.

En este punto, el problema es que los partidos están tan desprestigiados que más que ser un imán de gente capaz y honesta sirven como repelente para los mismos. Ninguna persona decente quisiera ser vinculada con un partido y hay pocos dispuestos a jugarse su reputación en el camino.

La segunda es que nazca un partido nuevo, no de élites o grupos económicos, sino de la sociedad civil organizada. Desde abajo hacia arriba.

He tenido la oportunidad de dialogar con jóvenes de diferentes corrientes políticas en debates organizados por 3D (Debate, Diálogo y Democracia) y es sorprendente cómo hay más cosas que nos unen –y sobre las cuales nos podemos poner de acuerdo– que diferencias que nos separen.

Recordemos, a los partidos actuales les conviene dividirnos en bandos y hacernos pensar que ellos son nuestras únicas opciones.

El desafío de una iniciativa ciudadana está en mantenerla auténtica y sostenible. La autenticidad pasa por desmarcarse de los partidos actuales, ya que tenemos una tendencia curiosa a querer bautizar cualquier iniciativa ciudadana como satélites de ARENA o FMLN. La sostenibilidad pasa por recursos y la transparencia de los mismos: saber quiénes están aportando y dónde se va lo aportado.

Tags:

  • corrupcion
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