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El momento histórico exige que le demos a la realidad la cobertura racional que haga posible un desenvolvimiento regido por la razón

Una de las cosas más claras e ilustrativas del momento es que nadie sabe nada de nada, ni en los que se creían máximos centros de saber y de poder ni en las aldeas más extraviadas. Así como se oye.

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El momento histórico exige que le demos a la realidad la cobertura racional que haga posible un desenvolvimiento regido por la razón

El momento histórico exige que le demos a la realidad la cobertura racional que haga posible un desenvolvimiento regido por la razón

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De pronto, sin haber interpretado antes los signos de la nueva forma emergente de evolucionar, nos encontramos con esta realidad que surge cada día, queramos o no. Y para poder entender bien las cosas tenemos que partir de la adecuada percepción de lo que es este giro que hoy se manifiesta en todas partes, sin exclusión de zonas ni de poderes; y esto requiere enfrentar lo presente como una "nueva normalidad", para decirlo con un término que se ha ido poniendo más y más de moda. Eso significa, entre muchas otras cosas, que los elementos perceptivos tienen que ponerse debidamente al día y que debe ser acogida responsablemente la nueva lógica de los tiempos. Y lo más revelador de todo es que esto no ha sido efecto de ninguna revolución calculada, sino consecuencia espontánea de la evolución como tal, que se pone al día ante nuestros ojos en cada amanecer.

La turbulencia global de lo que acontece gana prácticamente toda la atención, dejando muy poco espacio para las reflexiones serenas. El flujo de acontecimientos no cesa; y ahora mismo ponemos el ejemplo de la tensión entre Estados Unidos y Rusia por lo que pueda ocurrir en Ucrania. Las amenazas y los roces van y vienen, enrareciendo el ambiente general, como si de pronto hubiera despertado la aguda nostalgia por las tensiones existentes en la antigua bipolaridad. Una pregunta insólita ronda por doquier: ¿Qué le está pasando a la humanidad de nuestros días, que parece estragada por el progreso y anda en busca de las viejas distorsiones tradicionales? Y otra cuestión viene al hilo: ¿Qué tendríamos que hacer para tomar en serio la ruta de la madurez universal dejando atrás de veras los congestionamientos perversamente ilusorios?

A la primera de esas preguntas bien podríamos responder: Lo que pasa de base en todos los órdenes de la vida presente es, a todas luces, un rebrote de inmadurez, como si se estuviera presentando un panorama en el que los nubarrones se resisten a dejarle abiertas las rutas a la luz del momento. Y en cuanto a la segunda de dichas cuestiones, lo que hay que reconocer de inmediato es que lo que hoy tendría que ser la actitud prevaleciente exige una mezcla constante de ingredientes social y anímicamente interactuantes: madurez, sensatez, conciencia y compromiso. En resumen, el mundo está demandando nuevas vías de acceso a su propio ser histórico, que parece haberse ido estancando peligrosamente en el curso del tiempo.

Como hemos subrayado tantas veces, lo más curioso es que se trata de un fenómeno que no tiene fronteras. La inmadurez recorre todos los caminos de esta actualidad tan inquietante, y ante tal acontecer, cada vez más innegable, los esquemas vigentes muestran todas sus fragilidades y todos sus desvaríos. Una de las cosas más claras e ilustrativas del momento es que nadie sabe nada de nada, ni en los que se creían máximos centros de saber y de poder ni en las aldeas más extraviadas. Así como se oye. Vamos a insistir en esto constantemente porque todavía hay muchas resistencias, embozadas o abiertas, a reconocerlo. Es un cambio vital en todo sentido.

Y, en lo que toca a nosotros, los salvadoreños, es cada vez más necesario pasar de la simple calificación de los hechos concretos que se van dando en el ambiente para entrar en una consideración reflexiva sobre los mismos, ya que sólo por esa vía se hará factible llegar a los trasfondos de la realidad, para entenderla a profundidad y desde ahí hallarle el verdadero sentido y así activar todos los mecanismos pertinentes que lleven a los tratamientos que sean capaces de irla vitalizando con auténtica y realista sostenibilidad. Esa es la tarea básica por hacer de aquí en adelante.

Salgamos, pues, cuanto antes de los encasillamientos del pasionismo político para entrar en el ámbito ventilado de la lógica racional. Y eso no significa, desde luego, que dejemos pasar sin atención los signos y las expresiones de la irracionalidad infantiloide, sino que lo que debe imponerse como elemento orientador insustituible es la voluntad de verlo todo a profundidad dentro de un esquema de sensatez inquebrantable. Y esa es la demanda más acuciante de la hora actual.

No dejemos que el tiempo siga pasando con la rutina propia del pasado, y vamos ahora hacia otro horizonte, que es el que se abre por impulso de esa "nueva normalidad" que pugna por que la dejemos instalarse en todos los ambientes del mundo. Hagámonos cómplices de la revitalización global, que es la que mueve hoy todas las energías del cambio general. Y celebrémoslo después, como debe ser.

Migremos todos, absolutamente todos, del viejo esquema rutinario que nos hizo creer en tantas fantasías perversamente imaginarias, y vamos en caravana hacia el nuevo destino: el de una humanidad que se reencuentra a sí misma como en una plaza que es a la vez íntima y universal.

Agradezcámosle al destino que haya tocado de nuevo a nuestras puertas, ya no disfrazado de director de ceremonias sino vestido como un ciudadano común y corriente. Y eso nos compromete, aún más, a seguir sus designios.

Nos movemos, como decíamos, por primera vez como sujetos identificables en el tiempo y en el espacio. Y eso es al mismo tiempo un gran desafío y una gran fortuna.

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Tags:

  • realidad
  • razón
  • nueva normalidad
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