El mundo global está necesitando el auxilio de una verdadera racionalidad para desarrollar su propia ruta histórica

Como siempre, la palabra del millón es “futuro”, tanto inmediato como de más largo alcance. Y el futuro depende, en gran medida, del tratamiento del presente.
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El mundo global está necesitando el auxilio de una verdadera racionalidad para desarrollar su propia ruta histórica

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Curiosísimo fenómeno el que nos toca vivir como sociedad mundial en los momentos presentes: contra todo lo que hubiera sido imaginable a la luz de lo que ocurrió en los tiempos iniciales de la globalización puesta en marcha a partir de 1989, cuando implosionó la bipolaridad heredada de la Segunda Guerra Mundial, al estar por cumplirse tres décadas desde aquel fenómeno también inesperado, lo que va tomando fuerza e impulso, cada vez con más intensidad alarmante, es una especie de desquiciamiento de las conductas tanto en los ámbitos nacionales como en los planos internacionales, lo cual es indicativo de que hay una crisis expansiva de irracionalidad, cuyos efectos podrían ser profundamente erosivos y aun catastróficos, según se vayan desarrollando los hechos que vienen aparejados a ella.

Estamos viendo lo que podría caracterizarse como un brote agresivo de paranoia nostálgica, que utiliza como instrumentos de expresión y de lucha los viejos fanatismos y las nuevas ansiedades, generando así un combo de malos augurios sobre lo que pudiera producirse en el futuro inmediato. Los sucesos traumáticos que tienen lugar en el Medio Oriente no parecen tener límite en cuanto a bestialidad y a desatino. Y lo peor es que la religión se usa como insumo destructor que no repara ante nada. Por su parte, las respuestas de los liderazgos occidentales más poderosos se hallan cada vez más contaminadas por esos virus perversos, y la confrontación adquiere así los colores de una guerra que no sólo está fuera de control sino que quiere estarlo a toda costa, sin reparar en los componentes destructivos que eso acarrea.

Los ribetes anecdóticos que tal situación va presentando en el camino se prestan a todo tipo de alusiones y sarcasmos, sobre todo en las superactivas redes sociales, que son los instrumentos de comunicación generalizada e interactiva más usados en la actualidad, aun por los líderes de mayor relieve mediático. Para el caso, la presunta afinidad entre el nuevo Presidente de Estados Unidos y el recurrente líder soviético Putin tiene todos los visos de ser la graficación personalizada de uno de los signos más peligrosos de los tiempos. No es extraño, entonces, que esté cundiendo por todas partes la inseguridad sobre lo que pueda ocurrir en los días, meses y años venideros, aunque todo esto también hay que ponerlo en perspectiva analítica, para no dejarse ganar por la emotividad angustiosa.

Como siempre, la palabra del millón es “futuro”, tanto inmediato como de más largo alcance. Y el futuro depende, en gran medida, del tratamiento del presente. ¿Vamos hacia la ingobernabilidad global explosiva o nos quedaremos en un juego de gestos histriónicos con muy pocos impactos en el fenómeno real? Depende. Sí, depende; y esta palabra es siempre la más inquietante que hay. ¿Porque de qué depende? De lo que hagamos o dejemos de hacer los que resultamos en todo caso los más o menos victimizados, que somos los miembros de las sociedades de todas las latitudes. Los ciudadanos sensatos, aquí, allá y acullá, tenemos que tomar el rol que nos corresponde, sobre todo en la línea de demandar racionalidad activa especialmente cuando la irracionalidad está tan decidida a hacer de las suyas.

Pero también las fuerzas institucionales que constituyen el equipo estructural de la democracia tienen que entrar en juego, aquí y en todas partes, para hacer valer su capacidad racionalizadora, que va de la mano con la vigencia del Estado de Derecho. Y es que ante la insurgencia agresiva del poder lo único que verdaderamente puede ser eficaz en la medida y en la profundidad necesarias es el imperio de la ley legítimamente consagrada conforme a los principios y conceptos de esa sana racionalidad a la que hacemos referencia. Como en tantas otras coyunturas históricas anteriores, no hay posibilidad real de que ninguna forma de extremismo sobreviva de manera permanente, aunque en el ínterin pueden producirse múltiples males e incontables sufrimientos; y en todo caso se impone el imperativo de entender y aceptar que hay que comprometerse a fondo para que lo racional se imponga al más corto plazo.

Sobre todo en un mundo globalizado como es el que toma presencia cada vez más en nuestros días, se hace insoslayable manejarse conforme a los mandatos de la razón práctica, porque de otra manera lo que acabará por imponerse es el caos en todas las formas imaginables. Por hoy la irracionalidad también se globaliza en forma acelerada, y ese es sin duda el riesgo máximo que corremos los seres humanos de esta época.

Tags:

  • globalizacion
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  • guerra mundial
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