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El mundo necesita más...

La campaña lanzada por Naciones Unidas este Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, que se conmemora los 19 de agosto, invita a plantear qué necesita el mundo. Creo que la pregunta también lleva implícito un cuestionamiento hacia cada uno: ¿qué estamos dispuestos a dar?
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Hace diez años, en un ataque a la sede de Naciones Unidas en Bagdad, murieron 22 personas, quienes pese al peligro y la adversidad colaboraban con labores de paz y reconstrucción. Lamentablemente, esa no ha sido la única ocasión en que personas solidarias entregaron su don más preciado: la vida. El 19 de este mes de agosto les homenajeamos, pero también a quienes siguen entregándose a la asistencia humanitaria.

Esta asistencia salva y reconstruye vidas, pero también colabora a rehacer proyectos comunitarios. Bajo los principios de humanidad, imparcialidad, neutralidad e independencia hay un sinnúmero de personas aportando conocimientos, ideas, trabajo y tiempo.

Hay muchas historias inspiradoras de personas que, aun siendo golpeadas ellas mismas por desastres, son las primeras en brindar ayuda.

Por desgracia las amenazas siguen ahí. Enfrentamos más frecuentemente eventos naturales extremos, resultantes del cambio climático. Los daños asociados a la depresión tropical 12-E en El Salvador son un ejemplo. También persisten las situaciones de violencia, y los conflictos armados. Todo esto, sumado a las vulnerabilidades sociales, nos reta a responder de forma que aseguremos la existencia de toda la humanidad en condiciones dignas.

Por eso, la mayor amenaza que podemos enfrentar es la indiferencia frente a los que sufren las consecuencias de todos estos fenómenos, las personas que viven en pobreza.

Aunque siempre se ha entendido la asistencia humanitaria como acciones de respuesta a una emergencia, frente a fenómenos naturales o causados por el ser humano como los conflictos, y de reconstrucción después de los desastres, es importante avanzar hacia una idea que plantee cómo mejorar la capacidad de recuperación de las comunidades y países frente a las crisis y la forma de lograr que las voces de los afectados sean escuchadas en la definición de políticas públicas orientadas a este fin.

Como sociedades debemos buscar acuerdos nacionales y regionales para aumentar nuestra resiliencia; es decir, nuestra fuerza innata para enfrentar las crisis de todo tipo, pero también para aprender de estas, mitigarlas y prevenirlas.

El espíritu de solidaridad, prevención, inclusión y reducción de vulnerabilidades debe ser de carácter permanente y generalizado. No se trata de algo que surge solo durante las emergencias, sino que se inserta en la vida misma de los seres humanos, las comunidades y los Estados, y que permea todas sus acciones. Eso implica políticas públicas legislativas, ejecutivas y judiciales que también incluyan esta perspectiva.

Trabajar por el respeto y la vigencia de los derechos fundamentales, la reducción de vulnerabilidades y la promoción de la seguridad humana es también una forma de aumentar la resiliencia e integrar la acción humanitaria a la vida social. Podemos rendir honor a quienes han muerto para que otras personas vivan mejor, siguiendo su ejemplo de solidaridad y humanidad pese a que no haya una emergencia.

Con ocasión de la celebración en El Salvador del Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, el mundo necesita el involucramiento de filántropos, empresarios, de la sociedad en general para aportar recursos humanos y económicos que ayuden a salvar vidas y a construir sociedades sostenibles y sustentables, y las y los salvadoreños pueden dar un aporte significativo al mundo.

Tags:

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