El mundo siempre estará aquí

Lo más significativo y válido es despertar cada mañana con el propósito de que el día que viene merezca el premio de la claridad con que se inicia.
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<p>Cada cierto tiempo se activan las “profecías” sobre la inminencia del “fin del mundo”. En estos días, el revuelo por los augurios mayas tiene bastante pegue mediático. Detrás de todo eso está el pertinaz catastrofismo que ha acompañado al ser humano desde que el mundo es mundo. Con frecuencia me he preguntado: ¿Qué será que el pesimismo tiene “mejor prensa” que el optimismo? ¿A qué se debe la generalizada adicción al chisme destructivo, que hoy mediáticamente se cubre con el manto multicolor de la llamada “prensa del corazón”, para más sarcasmo? ¿Por qué desconfiamos tanto de la felicidad, como si fuera un cuento de hadas, y en cambio nos rendimos tan fácilmente a los argumentos de la desdicha, como si fuera una especie de verdad revelada? Desde luego, vivimos y de seguro siempre viviremos en un mundo imperfecto, porque la naturaleza humana también es un activo en evolución constante.</p><p>La perfección está ahí, sin embargo, en el horizonte, aguardándonos como una señal de vida plena. Y la vida plena encarna en el trabajo de perfectibilidad. Un trabajo que parte de un mandato de carácter divino, que fue lanzado al mundo de seguro desde una colina con la virtud del eco frente a las aguas del mar de Galilea, que es un pequeño lago de bordes infinitos: “Sed, pues, vosotros perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial” (San Mateo, 48,5).</p><p>El interminable camino de la perfección requiere un permanente caudal de energías sanas. Con el pesimismo crónico y el escepticismo sistemático no se construye nada. La esperanza es el reconstituyente de los que se animan a proponerse una vida mejor, como individuos y como colectividad. Esto implica plantearse la presencia de cada quien en el mundo como una tarea inspiradora y fecunda, más allá de las adversidades, que nunca dejarán de estar ahí, puntualmente, a la puerta, sea esta una malla de oro o un tejido de alambre sin valor. El materialismo y el consumismo galopantes en nuestro tiempo han querido hacer ver que el buen vivir es cuestión de cifras disponibles. Las satisfacciones materiales importan, pero se vuelven hojarasca prematura cuando no son follajes sostenidos por la savia animosa del espíritu. </p><p>&nbsp;</p><p>Por las señales que es posible recoger de la experiencia humana en el tiempo, el mundo no terminará nunca, al menos no habrá ningún fin voluntariamente programado. Ha habido, hay y habrá cambios de mundo; pero eso es lo natural en la vida, que es un ejercicio perpetuo de renovaciones. Concluye una manera de mundo y comienza otra. Son los crepúsculos y las auroras del devenir. La transformación constante, que de pronto se grafica en una nueva realidad, que tampoco es nunca enteramente nueva. La historia nos lo ha puesto en evidencia con periodicidad impecable, y no puede haber mejor ejemplo que el de nuestros días.</p><p>&nbsp;</p><p>La principal característica de esta era posterior al quiebre de la bipolaridad, ya hace más de tres décadas, es la mesa limpia. Es decir, la puesta en cuestión de todos los paradigmas consagrados, para que vuelvan a tomar su puesto las verdades básicas, esas que son más producto del vivir que del pensar.</p><p> No es casualidad que en estos días las filosofías dominantes brillen por su ausencia. Tampoco lo es que las ideologías que fueron tan autosuficientes hasta hace poco tengan hoy un fuerte y repelente olor a vestimentas guardadas en el sótano. Tampoco hay un orden internacional que sustituya a los carromatos de la posguerra de los años cuarenta del pasado siglo. Están dadas todas las condiciones para repensar el mundo. Y para ello se ha desplegado el mapamundi global. Quizás los mayas, sabios como eran, tuvieron el pálpito y nos lo dejaron oír.</p><p>&nbsp;</p><p>Pese a los trastornos y a los quebrantos que se fluyen por doquier, es posible descubrir en el aire de nuestro tiempo un aroma de sensaciones prometedoras. ¿Será signo en proceso o será simple deseo de que así sea? En todo caso, lo peor sería unirse al comando de los catastrofistas, de cualquier origen o color que fueren. Lo más significativo y válido es despertar cada mañana con el propósito de que el día que viene merezca el premio de la claridad con que se inicia. Al final del día reaparecerán las sombras, pero nunca para quedarse. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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