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El nombre del juego: corrupción y cinismo

El ilícito atribuido al diputado David Reyes al utilizar un bien público para fines privados –censurable como puede ser, especialmente desde el punto de vista ético
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El ilícito atribuido al diputado David Reyes al utilizar un bien público para fines privados –censurable como puede ser, especialmente desde el punto de vista ético– es solo una manifestación más de los abusos que históricamente se han cometido contra el erario nacional. Más grave me parece el caso de CAPRES, pues además de involucrar más vehículos oficiales, se ha encubierto a un homicida. Las reacciones oficiales sobre estos dos hechos también ponen de manifiesto una doble moral, o para decirlo más apropiadamente, una desfachatez que pone en entredicho toda la verborrea gubernamental en torno a la transparencia.

Mucha razón tienen aquellos que sostienen que la corrupción no respeta ideología, aunque personalmente pienso que esto se relativiza, cuando se pone en perspectiva la actuación de aquellos gobiernos tirados a la izquierda, porque aparte de saquear las arcas del Estado, son más diestros en administrar sus fechorías. Y esto lo demuestra de manera clara la evidencia empírica en una región como la latinoamericana, donde la regla es abultar los costos y alcances de los programas sociales, para desviar la mayor parte a destinos perversos. En países como Brasil y la Argentina –donde los últimos gobiernos hicieron alardes extravagantes de sus éxitos contra la pobreza– el cambio de estafeta ha venido a demostrar la gran estafa cometida con los menos afortunados, mientras se esfumaban cifras multimillonarias en negocios turbios. En el caso venezolano, el flagelo de la corrupción oficial es más execrable, porque el extremismo ideológico ha dado paso a una realidad social lacerante catalogada por la ONU como crisis humanitaria.

Nuestro caso no es, en esencia, diferente. Servicios públicos cada vez más deficientes, aletargamiento económico prolongado y situación fiscal a punto de colapsar constituyen un común denominador y, guardando las diferencias, va aparejado a un saqueo de la hacienda pública. Lo que nos hace distintos es la impunidad. Cierto o no, es un secreto a voces que la banda sinfín que mueve la corrupción se fortaleció en la transición ARENA-FMLN, mediante una alianza que blindó a sus protagonistas contra cualquier señalamiento de bulto sobre su honestidad.

Hablando de la corrupción y sus implicaciones en la caótica situación fiscal entre un grupo de colegas, uno de ellos le respondió al interlocutor que las repercusiones son muy obvias y odiosas, y lo que sí queda por dilucidar es quién se ha enriquecido más. No se profundizó en las enormes filtraciones que se dan con las licitaciones amañadas, del manoseo de los recursos en las entidades paraestatales, del rumor de la falta de transparencia en una entidad de beneficencia y ni siquiera de lo que puede haber detrás de las transacciones financieras internacionales. No había salido a luz el manejo de la caja chica en la A. L. Pero esto “no tiene la mayor importancia”, como diría un altivo Arturo de Córdova en una de sus célebres actuaciones en la época de oro del cine mexicano.

En cambio, la izquierda constantemente señala las cifras millonarias que se escapan a través del sistema tributario, por diferentes vías. Alguna razón tiene, aunque los montos que maneja no tienen base técnica; además el cinismo que subyace en sus críticas la descalifican. Como la desnuda también, su silencio cómplice en el escandaloso caso de El Chaparral, en el negociado del Sitramss, en los contratos amañados con empresas brasileñas, comenzando por Polistepeque, y sobre los recursos comprometidos en la odiosa tregua. Igual no dicen nada de los negocitos en varias de sus alcaldías y menos van a aclarar cómo fue que fueron a parar a los bolsillos de mafiosos del transporte subsidios millonarios. Así, el uso de vehículos oficiales y la compra de papayas pasarán a la historia como parte del folclorismo criollo, dentro de un juego pernicioso que se nos antoja eterno, por la calidad de sus participantes. Algo podemos hacer con una CICIES, una SC como la actual y una CCR intachable. ¿Entonces?

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