El nuevo ciclo político en Latinoamérica

Este nuevo escenario debería crear mejores condiciones para el impulso de diálogos y entendimientos mínimos de corto y mediano plazo.
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En una de mis columnas publicadas hace nueve meses afirmé que en 2016 iniciaría un nuevo ciclo político en Latinoamérica (“2016: Inicia un nuevo ciclo político en Latinoamérica”, LPG, 2.7.2015) a partir de las tendencias dominantes y escenarios prospectivos dibujados desde entonces. Ahora podemos confirmar que dicho ciclo ha avanzado, y que una nueva situación política determinará un curso diferente para Latinoamérica.

La histórica visita del presidente Obama a Cuba abrió un nuevo capítulo en las relaciones entre ambos países y entre Estados Unidos y Latinoamérica. Luego Obama visitó Argentina liderada hoy por Macri cuya victoria electoral dejó atrás el prolongado dominio de los Kirchner en el poder. El posible juicio a Lula por sospechas de enriquecimiento ilícito y la decisión del principal partido aliado del Partido de los Trabajadores (PT) y el gobierno de Rousseff en Brasil de romper su alianza abren el camino legislativo a la destitución de la presidenta y la inhabilitación de Lula como candidato presidencial en las próximas elecciones.

Después del contundente triunfo electoral de la oposición venezolana en diciembre pasado, que los condujo al control indiscutible del parlamento que aprobó anteayer la ley de amnistía para los presos políticos, el poder tiende a equilibrarse sin posibilitar acuerdos sustantivos que desentrampen la situación política para enfrentar la mayor crisis económica y fiscal-financiera de su historia. La salida constitucional del presidente Maduro es la prioridad de la oposición venezolana. Mientras en Bolivia, el referéndum reciente le dijo no a la reelección presidencial de Evo Morales.

Estos vientos de cambio también se han hecho presentes en Centroamérica, y particularmente en su triángulo norte donde en Guatemala fueron destituidos y enviados a la cárcel la vicepresidenta y el presidente por enriquecimiento ilícito, eligiendo de presidente al candidato que nadie le apostaba en las encuestas. El nuevo presidente será vigilado y presionado nacional e internacionalmente para combatir la corrupción y el tráfico de influencias, e impulsar una nueva y sólida institucionalidad democrática. En Honduras, dos poderosos expresidentes han sido acusados en Estados Unidos de lavado de dinero, mientras en El Salvador los últimos tres expresidentes, con diversas vinculaciones políticas, han enfrentado y enfrentarán procesos judiciales por uso indebido de fondos y de enriquecimiento ilícito.

En Nicaragua, Daniel Ortega refuerza la consolidación de su poder, estando todavía lejos un liderazgo alternativo en el FSLN y en la oposición. La posposición y probable aplazamiento del proyecto del Canal Interoceánico, por razones medioambientales y de inviabilidad financiera, incidirá a favor de Ortega en las próximas elecciones quitándole la principal controversia que hubiera podido aglutinar a la oposición que no tiene ni candidato ni proyecto.

El Salvador, a dos meses de cumplir los primeros dos años de gobierno de Sánchez Cerén, a dos años de las elecciones legislativas y a tres años de las presidenciales, las perspectivas del Gobierno y del FMLN no son las mejores. Mientras al cerrar 2015 e iniciar 2016 los índices de homicidios rompieron récords históricos en El Salvador y Latinoamérica, el bajo crecimiento de la economía y la crisis fiscal limitan el espacio de maniobra de un gobierno que ya no podrá impulsar en este mandato su proyecto de cambio. Pero el partido histórico de la derecha –ARENA– ha profundizado sus problemas y divisiones internas, sin que emerja un liderazgo aglutinador y transformador que les permita capitalizar el descontento y e impulsar un proyecto de transformación para sacar al país de la crisis de seguridad y fiscal. Las dudas aumentan respecto a su desempeño en las elecciones legislativas y municipales de 2018 y presidenciales de 2019. Y tanto o más respecto a si serían capaces de gobernar mucho mejor que sus predecesores.

Resultado del nuevo balance de fuerzas en gestación y de su propio talante democrático, el nuevo secretario general de la OEA ha tomado nuevas iniciativas en el conflicto fronterizo colombo-venezolano y en la situación política y de derechos humanos de Venezuela que anuncian cambios en las relaciones interamericanas. Todos estos acontecimientos marcan una tendencia dominante de cambio en Latinoamérica, inaugurando en 2016 un nuevo ciclo político con consecuencias diversas en cada uno de sus países.

La rápida revista anterior confirma nuestra aseveración de hace 9 meses que “Gobiernos de diversas orientaciones político-ideológicas se aproximarán más al centro con más pragmatismo para administrar complicadas situaciones de seguridad y económico-sociales, en un contexto internacional de menor crecimiento y mayores restricciones fiscales y costos de financiamiento. En el nuevo ciclo político que iniciará en 2016, se debilitará progresivamente la hegemonía del ALBA y del populismo, sin ser sustituida por otra de la derecha de antaño en Latinoamérica”.

Este nuevo escenario debería crear mejores condiciones para el impulso de diálogos y entendimientos mínimos de corto y mediano plazo, mientras se preparan condiciones para proyectos de desarrollo nacionales y subregionales de mediano y largo plazo. No obstante estos imperativos de entendimiento, particularmente en países con correlaciones de fuerzas equilibradas entre los bloques de gobierno y de oposición, los liderazgos del pasado siguen gobernando el presente, obstaculizando que una nueva generación y sus nuevos liderazgos asuman la conducción de sus partidos y de sus emproblemados países y gobiernos.

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