El oficio de la libertad

Aunque con frecuencia se trate a la libertad como si fuera un don espontáneo que funciona por su sola cuenta
Enlace copiado
Enlace copiado
Aunque con frecuencia se trate a la libertad como si fuera un don espontáneo que funciona por su sola cuenta, en verdad para que dicho valor pueda manifestarse y accionar en todas sus dimensiones y con todos sus contenidos es indispensable reconocer que ser libre, en lo que se refiere a una sociedad determinada y a todos y cada uno de sus integrantes, constituye un ejercicio permanente y personalizado, que exige voluntad, lucidez, conocimiento y perseverancia. La libertad, pues, viene a ser un entrenamiento sin fin, muy necesario por cierto, ya que en esto pasa como en las funciones orgánicas: si se descuidan se deterioran y pueden llegar al colapso. En nuestra condición anímica, los seres humanos necesitamos potenciarnos a cada instante, ya que nuestro desempeño va determinado por la participación integrada y armoniosa de los cuatro elementos que antes mencionábamos, que son como los cuatro puntos cardinales: el norte de la voluntad, el sur de la lucidez, el oriente del conocimiento y el occidente de la perseverancia. De esa amalgama virtuosa depende nuestra funcionalidad presente y nuestra virtualidad futura. El resultado más valioso de todo ello es la libertad, que nos habilita para la productiva aplicación en los propósitos y en los hechos de esto que llamamos vida. Tendríamos, entonces, que estar inequívocamente conscientes de que vida y libertad son las dos caras de una misma moneda: la moneda del ser. Y, por consiguiente, el cultivo y el cuido de la libertad tienen que configurarse como tareas esenciales al máximo. Cada persona es responsable de su propia libertad, y el ente social debe responsabilizarse de la libertad compartida. Así de claro.
 

Lee también

Comentarios

Newsletter