El padre Romero

La celebración del acto de beatificación de Monseñor Romero, después de cumplir treinta y cinco años de su martirio, es un hecho trascendente, que debería de llenarnos de júbilo a todos los salvadoreños, sin distinciones políticas y religiosas. Porque Romero es el salvadoreño universal por excelencia. Y será el primer santo de El Salvador.
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Conocí al padre Romero, cuando siendo párroco de la Catedral de San Miguel llegó a visitarnos un sábado por la tarde. Nos reuníamos en la iglesia, junto con otros niños, para estudiar el catecismo, antes de hacer la primera comunión. En mi libro autobiográfico “Memorias de un guerrillero”, me refiero así a aquellos momentos: “Yo iba a misa todos los domingos a las ocho de la mañana, al inicio, porque mi madre me llevaba, después, porque me fueron gustando los sermones del padre Óscar Arnulfo Romero. En esa época, él era bastante conservador. Pasarían muchos años, antes de que asumiera el planteamiento cristiano progresista, de la opción preferencial por los pobres”.

Esta afirmación hecha en mi libro en 2006, de que la opción preferencial por los pobres es un “planteamiento cristiano progresista”, es un juicio político, muy limitado. Porque ¿qué es el cristianismo, desde los tiempos de las catacumbas? sino una opción preferencial por los pobres; en la que el martirio, como el de Monseñor Romero, es la forma última de manifestar la fe en Cristo.

Igualmente limitados y errados son algunos juicios que he escuchado de amigos de la izquierda, que consideran que su beatificación es un triunfo del movimiento popular. O del FMLN. Pero de la misma manera, he escuchado y leído juicios limitados y absurdos, de políticos y analistas de la derecha, que están muy preocupados por el uso político que puede hacer de este hecho el actual gobierno. Y otros, que francamente manifiestan su oposición a la beatificación y pronta canonización de Monseñor Romero porque lo consideran un golpe político en contra de ARENA. ¡Vaya ocurrencias! Como si la estatura del primer santo salvadoreño no estuviera por encima de todas esas pequeñeces y mezquindades políticas.

Sobre su martirio, en mi libro autobiográfico cito las palabras proféticas que él había dicho en sus homilías y entrevistas periodísticas unos días antes de morir: “He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decir que como cristiano no creo en la muerte sin resurrección... El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad... Si llegasen a matarme, perdono y bendigo a quienes lo hagan”.

Y para construir la escena perfecta del martirologio del futuro santo, sus asesinos le dispararon al corazón, en el preciso instante en que levantaba la ostia. Cuando el sacerdote recreando el milagro de Jesucristo, de ofrendar su cuerpo y su sangre por nuestra redención, dice: tomad y bebed, que esta es mi sangre... tomad y comed, que este es mi cuerpo.

Lo cierto es que la figura del santo se alza por encima de las diferencias de izquierdistas y derechistas, católicos y evangélicos, ricos y pobres. Y nos une a todos los salvadoreños, en torno a un único anhelo de grandeza y desarrollo de nuestro país, en paz y armonía.

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