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El país está necesitando con urgencia contar con diagnósticos realistas sobre sus problemas y sobre los tratamientos de los mismos

El tiempo avanza en forma cada vez más acelerada como efecto de la dinámica evolutiva que hoy impera en todas partes.
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El país está necesitando con urgencia contar con diagnósticos realistas sobre sus problemas y sobre los tratamientos de los mismos

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Este es un marco global al que nadie escapa, y por consiguiente al que todos tenemos que someternos sin alternativas. Siempre ha sido indispensable saber adaptarse inteligentemente a los dinamismos de la realidad, con independencia del momento histórico que sea, pero en esta época de globalización galopante esa necesidad se vuelve aún más imperiosa. Y desde luego hay que tener siempre en cuenta que el tiempo en movimiento es un factor multidimensional, que abarca desde los destinos personales hasta los fenómenos sociales, nacionales e internacionales.

En esta precisa coyuntura de la realidad nacional lo primero que queda en evidencia es el hecho de que los salvadoreños, en toda la amplitud del término, hemos sido sistemáticamente incapaces de ponernos al día con el ritmo de los tiempos actuales, que exigen cada vez más celeridad organizada, tanto en visiones como en proyectos. La lógica de la evolución nos demandaba emprender la estructuración de un plan nacional de acción integral una vez que se definió el conflicto bélico por medio de un acuerdo de paz que afortunadamente entró plenamente en vigor en cuanto se formalizó aquel 16 de enero de 1992. A punto de cumplirse el primer cuarto de siglo de tal acontecimiento histórico sin precedentes, el país está aún a la espera de ese otro plan complementario, sin cuya puesta en vigencia es prácticamente imposible pasar a una fase de realizaciones ordenadas en el quehacer nacional.

No contamos con diagnósticos suficientes y actualizados sobre los problemas que tenemos sobre el tapete, y por consiguiente no puede haber un ejercicio de programaciones eficientes en función de definir y activar las soluciones adecuadas. Lo que vemos en el día a día es el reiterado desperdicio de energías que se van por los diversos resumideros de la dispersión y de la improvisación. La primera tarea por emprender sería, entonces, la de coordinar iniciativas tanto públicas como privadas en la línea de iluminar realidades y visualizar proyecciones.

Y lo más sintomático de la situación prevaleciente al respecto es que los sujetos políticos más visibles, que son las fuerzas partidarias en juego, tampoco parecen ocuparse de esa función esclarecedora y propositiva. Es muy revelador que dichas fuerzas, que parecen inmersas en una competencia permanente, no se hayan percatado de que tienen en el ámbito propositivo no sólo un compromiso pendiente sino también una oportunidad de primer orden para hacerse sentir como verdaderas fuerzas convincentes y actuantes.

Lo que la ciudadanía quisiera ver —y así lo manifiesta cada vez que hay oportunidad de hacerlo— es una oferta política propositiva, que no se quede reducida al juego irrelevante de las promesas de campaña, sino que tenga la consistencia suficiente para hacerse valer en la realidad viva de los hechos que se van sucediendo en el acontecer diario. Es decir, pasar del blablá retórico al flujo de las propuestas activables y verificables. De lo trillado, que ya demostró hasta la saciedad que no lleva a ninguna parte ni produce ningún beneficio, a lo visionario que puede abrir las puertas y las compuertas del futuro.

¿Qué más argumentos motivadores necesitan las fuerzas políticas y sus liderazgos para animarse a dejar atrás la rutina improductiva para entrar en el ejercicio de la responsabilidad creadora?

Los partidos políticos, de todos los signos y dimensiones, tienen un reto que no pueden evadir, aunque incomprensiblemente quisieran hacerse los desentendidos. Es hora de pasar a una nueva fase de la maduración democrática, y ojalá todos lo entiendan.

Tags:

  • david escobar galindo
  • realidad
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