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El país lo que está necesitando es que todas las fuerzas que operan en el terreno respondan como debe ser

En el país, tal volatilidad coyuntural que deriva de la pandemia está yendo aparejada por otra volatilidad que enreda mucho más las cosas: la que impera en forma desaforada en los planos políticos y gubernamentales.

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Prácticamente desde que se inició y tomó impulso el proceso democrático modernizador una vez concluido el conflicto bélico allá a inicios de 1992, los salvadoreños hemos estado en constante expectativa de lo que pueda irse presentando en las sucesivas etapas de dicho proceso. En el trascurso de los años anteriores, la frustración de la ciudadanía fue ganando cada vez más terreno, y eso generó el surgimiento de una nueva fuerza que ha arrancado con grandes expectativas ciudadanas. Y aunque hasta el momento tal caudal de expectativas en buena medida se mantiene, habrá que ver lo que en definitiva resulta de esta confrontación enfermiza en la que hoy vamos entrando cada vez más. Lo que a todos más debería importarnos, por encima de intereses específicos, fobias recalcitrantes y espejismos en serie, es la suerte del país y de su gente, que es el factor primordial en juego.

Ahora mismo, la prueba de fuego para todos los liderazgos nacionales se centra en la forma de responder a los complicados desafíos que ha traído consigo la emergencia del coronavirus. Y al respecto el panorama presenta condiciones que no se habían vivido antes, caracterizadas todas ellas por la absoluta falta de certeza en todos los sentidos, comenzando por las formas de transmisión del virus. Y esto pasa hasta en los países más avanzados tanto en lo científico como en lo económico. Nadie sabe nada definitivo, y por consiguiente nadie tiene fórmulas inequívocas para controlar el mal y para administrar sus efectos sociales y económicos. Lo que prevalece en todas partes es el tanteo, con los efectos de volatilidad que eso produce.

En el país, tal volatilidad coyuntural que deriva de la pandemia está yendo aparejada por otra volatilidad que enreda mucho más las cosas: la que impera en forma desaforada en los planos políticos y gubernamentales. Ante eso, cada día se hace más imperativo el diseñar esquemas tanto para la salida de la crisis sanitaria como para el avance en la recuperación económica que suplan lo incierto de la situación con tratamientos que si bien no pueden ser asegurados como definitivos de antemano sí deben tratar hasta lo máximo posible de atender necesidades, de resguardar derechos, de promover medidas que vayan disminuyendo los deterioros y de asegurar proyecciones de normalidad.

Sobre esas bases hay que afirmar y sustentar tanto las decisiones técnicas como las decisiones políticas que se hacen insoslayables e impostergables en todo momento, y más todavía en una coyuntura como esta. En lo que a la salud se refiere, lo más importante de todo es mantener activa una disciplina de conducta social que sirva de salvaguarda no sólo frente al coronavirus sino ante cualquier otra amenaza que pueda sobrevenir; y en lo que toca a la economía en sus diversas facetas tanto estructurales como sociales e individuales, lo determinante es mantener vivo un conjunto de estímulos y de iniciativas que se destinen a la vitalización plena del cuerpo económico en sus diversas expresiones y extensiones, conforme al desenvolvimiento de las circunstancias.

Cuestiones como la significativa disminución de las remesas familiares y las aflictivas limitaciones derivadas del desbordado endeudamiento público van a tener efectos de largo alcance. Hay que prepararse para eso y más tanto en los planos institucionales como en los niveles ciudadanos. De aquí en adelante lo que debe imponerse es una racionalidad que actúe como motor de progreso y como factor de entendimiento nacional, ambas cosas indispensables.

Confiamos en que todo esto pueda lograrse y sostenerse en el tiempo, en beneficio de los salvadoreños y de su avance evolutivo. Hacerlo factible es la tarea primordial del momento, y así hay que asumirlo sin reservas.

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