El país necesita, en primer término, redimensionar sus posibilidades de progreso y actuar de inmediato en consecuencia

En tanto los salvadoreños estemos obsesivamente atrapados en nuestras diferencias no habrá apertura confiable hacia el progreso y el desarrollo.

Enlace copiado
Enlace copiado

Columnista de LA PRENSA GRÁFICADesde hace ya casi un cuarto de siglo nuestro país parece haber perdido las brújulas del desarrollo, en contraste con lo que ocurría en tiempos anteriores, cuando las condiciones del quehacer político eran evidentemente mucho más adversas. ¿Cómo entender entonces esa especie de contradicción histórica, que de seguro casi nadie pudo imaginar antes de que empezara a manifestarse en los hechos? Podríamos adelantar que en muchos sentidos estamos cosechando los efectos de la forma totalmente descuidada y dispersa en que venimos encarando el tránsito de épocas desde allá a comienzos de los años 80 del pasado siglo, al comienzo de la democratización en medio de la guerra, y sobre todo a partir de los años 90, ya en el curso de la posguerra.

Nuestro devenir evolutivo ha estado plagado de despistes irresponsables y de extravíos injustificados, sobre todo en el plano sociopolítico, y eso ha conducido a situaciones de traumatismo extremo, como el conflicto bélico interno, que nos llevó al límite que nunca imaginamos alcanzar en la ruta de los traumatismos posibles; pero lo que más sorprende e inquieta es que un fenómeno tan trascendental e innovador como fue la solución política de dicho conflicto no haya sido capaz de inspirar un cambio hacia lo positivo en la forma de encarar las realidades de nuestro proceso, del que no podemos escapar pero que permanece indescifrado en tantos sentidos. Esto último es producto de la tendencia nacional tan arraigada a ver los fenómenos sólo en lo que presentan en la superficie, sin calar en sus expresiones profundas.

Así, para el caso, y como ejemplo perfectamente ilustrativo, está el hecho de que en ningún momento haya surgido un esfuerzo real para definir una apuesta productiva nacional que contemple nuestras condiciones propias, nuestras ventajas comparativas y nuestras limitaciones objetivas. Y al ser así, productivamente vamos al garete, lo que como consecuencia directa nos imposibilita la buena gestión competitiva, que siempre es crucial, y más aún en esta época. Resulta casi inverosímil que después de tanto tiempo de estar en las mismas, sufriendo ese vacío funcional extremo, no se haya gestado ningún esfuerzo consistente para enderezar la dinámica nacional al respecto. Es como si padeciéramos el síndrome del tapaojos, y fuera una especie de fatalidad insuperable.

El Salvador, como todos los países en cualquier tiempo y lugar, tiene factores a favor y factores en contra, y por eso lo que la racionalidad indica y lo que la experiencia enseña es que no es posible esperar que la realidad se administre a sí misma, sino que es insoslayable hacer un tratamiento responsable y eficiente de todo lo que constituye nuestro haber como nación. Y aquí surge, con elocuencia que puede llegar a ser altamente presionante, el imperativo de contar con un plan de vida nacional que tenga visión de largo alcance y responda a un esquema consensuado desde su raíz. Esto requiere que haya en funciones una educación política que, al activarse, sea capaz de ordenar metas y de establecer una hoja de ruta que logre seguimiento cronológico real.

En tanto los salvadoreños estemos obsesivamente atrapados en nuestras diferencias no habrá apertura confiable hacia el progreso y el desarrollo. Y eso resulta más grave aún cuando dicho aferramiento obsesivo muestra las características artificiales y artificiosas que se dan en nuestro caso. Tener diferencias es normal en la vida de toda sociedad; lo anormal consiste en convertir las diferencias en armas de guerra. Si estamos inmersos en el ejercicio democrático, lo natural sería dejar que dicho ejercicio se manifestara como tal. Lo autodestructivo es que tratemos nuestra vivencia democrática como si fuera un accidentado campo de batalla.

Si queremos progresar de veras tenemos que autoanalizarnos proyectivamente también de veras. Esto está por encima de las ideologías, que se han vuelto cada vez más caricaturas obsoletas. Nadie debería seguir atado a las caducas imágenes de la Guerra Fría, que colapsó por su propia cuenta en 1989. Casi treinta años después, y con la aceleración de los tiempos actuales, toda forma de fidelidad a lo que no fue ni podría ser es una reacción infantiloide ya totalmente injustificable. Tanto la izquierda como la derecha necesitan reciclajes urgentes para asegurar la sana supervivencia. Y a partir de ahí habría que replantearse todo el quehacer nacional, sin complejos, prejuicios ni incongruencias.

Lee también

Comentarios

Newsletter