El país necesita los consensos básicos para poder enfrentar todos sus desafíos

Superar los tanteos y pasar a las realizaciones exige montar un esquema de diálogo que no se quede en las palabras sino que vaya produciendo acciones que puedan conducir a resultados; y ahí es donde el tema del método se vuelve crucial.

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La experiencia vivida en nuestro país desde que se inició el trayecto democratizador muestra a las claras y en forma constante que los salvadoreños no hemos sido capaces hasta la fecha de integrarnos en un esfuerzo real que posibilite ir abriéndole oportunidades consistentes al progreso que nos beneficie a todos en las distintas formas requeridas. Todavía flota en el ambiente la vieja idea de que un cambio de sistema sobre la base de posiciones ideológicas de izquierda haría posible por su sola cuenta que dicha apertura se produjera, pero lo único que ha dejado dicha idea en todos los lugares en que se ha puesto en práctica es una estela de frustraciones conducentes a la inoperancia total; y el ejemplo más inmediato de ello es la situación de la Venezuela chavista, que no puede ser más caótica e insostenible.

Lo que nos falta, en primer lugar, es asumir el concepto de ruta, para ya no continuar en el vaivén inconexo que hace que el país parezca una nave sin ningún mapa de trayectoria. Y contar con una ruta definida requiere, de entrada, ponerse de acuerdo sobre ese trazo y sobre los elementos e instrumentos necesarios para que los avances concretos se hagan factibles. Este es un desafío político de carácter elemental, porque nada puede lograrse si los que participan directamente en la conducción nacional, desde las distintas posiciones tanto de gobierno como de oposición, no articulan sus respectivas acciones para ir alcanzando metas definidas y comunes.

Decepciona cada vez más el hecho de que los diversos desajustes y trastornos vividos durante todo este largo período de posguerra no hayan sido capaces de mover voluntades en la línea correcta; y todas las evidencias apuntan a que eso no se ha logrado porque la inmadurez política parece tenazmente reacia a las aperturas racionalizadoras, que son las que demanda la democracia por su propia naturaleza constructiva. Y el hecho de que nuestro régimen de vida se encuentre atrapado en esa red de ineficiencias paralizantes es la causa principal de las distintas distorsiones que nos aquejan. Esto hay que repetirlo de manera persistente e incansable para que vaya calando en la conciencia ciudadana hasta moverla en la dirección que corresponde para que el ánimo del país entre en razón.

Al hablar de consenso nacional básico estamos tocando uno de los puntos más sensibles de lo que falta por hacer para que se abran verdaderas opciones de futuro promisorio. Y como tener un futuro con tales perspectivas es lo que los salvadoreños venimos necesitando y demandando con insistencia ya vehemente, no vale ninguna excusa para seguir desentendiéndose de tal reclamo. Los políticos deben entenderlo y aceptarlo sin reservas a fin de no exponerse a males mayores, sobre todo ahora que se acercan decisiones electorales de tanta trascendencia como las que tendrán lugar en 2018 y en 2019.

Hay que reconocer, por parte de todos los naturalmente involucrados en este desafío tan determinante, que se impone la puesta en acción de un método de trabajo que sea eficiente para inducir y concretar acuerdos. Superar los tanteos y pasar a las realizaciones exige montar un esquema de diálogo que no se quede en las palabras sino que vaya produciendo acciones que puedan conducir a resultados; y ahí es donde el tema del método se vuelve crucial. Si todo esto se hace con inteligencia y con decisión el avance puede llegar de veras.

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