El país necesita modernizar su productividad para hacer posible una competitividad puesta al día

Dejamos pasar la gran oportunidad del fin de la guerra, y hoy nos toca emprender con urgencia las tareas que se pudieron desarrollar con normalidad en su momento preciso.
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Se habla constantemente de superar la situación económica actual, que, en tanto se mantenga como está, a todas luces imposibilita imaginar salidas viables hacia la prosperidad que se requiere para que nuestro país sea de veras sostenible en clave de futuro. Pero como lo que se viene diciendo y declarando al respecto en ningún momento ha pasado al plano de las estrategias que tengan viabilidad de convertirse en hechos, todo se sigue complicando, mientras se cierran espacios de oportunidad y la incidencia negativa del statu quo se intensifica.

En lo que toca a la productividad, lo primero sería tener completa claridad sobre la apuesta productiva del país, en sintonía con lo que son las oportunidades que se nos abren en los diversos ámbitos globales. A este respecto hemos venido tradicionalmente dando palos de ciego, sin partir de juicios de valor comprobables sobre lo que somos y sobre lo que podemos ser en lo referente a la producción nacional. El café fue nuestro producto emblemático durante muchísimo tiempo, pero lo dejamos estar cuando parecía agotada la opción agropecuaria. Tal agotamiento resultó siendo lo que era: un espejismo autodestructivo. Y hoy tenemos necesariamente que reactivar el agro sin visiones claras al respecto.

El tiempo que se pierde nunca se recupera. Estamos justamente sufriendo las devastadoras consecuencias de no haber usado el tiempo como se debía. Dejamos pasar la gran oportunidad del fin de la guerra, y hoy nos toca emprender con urgencia las tareas que se pudieron desarrollar con normalidad en su momento preciso. Y la pregunta que ya no aguanta más retrasos es: ¿A qué le apostamos? Decidámonos de una vez, como cuerpo nacional, a responderla en función de lo que somos y de lo que aspiramos a ser de aquí en adelante. Las apuestas pueden ser variadas, pero tienen que ser claras y permanentes. Lo que no es realista es pensar que vamos a dedicarnos a todo.

Una vez definidas las apuestas habría que prepararse para encararlas con los recursos humanos que se hagan indispensables. Esto implica adecuar nuestro sistema educativo a las demandas de la productividad asumida y alistar todo el sistema para que cumpla con los requerimientos de una competitividad cada vez más abierta y agresiva. Tenemos que abrirnos a la audacia con responsabilidad y a la creatividad sin inhibiciones. Es lo que han hecho y continúan haciendo los países que ahora están en la vanguardia del desarrollo.

Todo lo anterior exige apertura de miras y esfuerzo compartido. Desde cualquier ángulo que se quiera ver la realidad nacional, ésta tiene la misma demanda activada: funcionar de modo interactivo, dejando atrás los viejos prejuicios y las obsoletas desconfianzas. Sería ingenuo pretender la armonía perfecta, porque eso no es compatible con el pluralismo natural en cualquier sociedad; pero sí se vuelve imperioso trabajar tanto las afinidades como las diferencias con criterio de madurez, que es el que nuestro proceso viene reclamando desde hace rato.

La coyuntura es favorable para darles curso y vitalidad a todas esas labores de modernización que ya no admiten ninguna demora. El desarrollo debe unirnos a todos en un gran compromiso sin alternativas. Utilicemos las elecciones que están a la vista como palanca facilitadora.

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