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El país necesita una hoja de ruta que sea realista, motivadora y de verdadera avanzada

Esa agenda indispensable tiene que ser producto de un esfuerzo de país, en el que todas las fuerzas nacionales participen decididamente y en el que la ciudadanía se haga valer con sus anhelos, con sus aspiraciones y con sus demandas más sentidas.
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En toda situación de la vida, y más aún en aquéllas que se refieren al destino y al desempeño de una colectividad nacional específica, como es el caso de la nuestra, lo que la sensatez aconseja siempre es contar con una agenda de trabajo que posibilite la buena gestión de todo lo que se tenga que hacer para que haya avance real y sustentado hacia la concreción del progreso que se busca. Esa agenda indispensable tiene que ser producto de un esfuerzo de país, en el que todas las fuerzas nacionales participen decididamente y en el que la ciudadanía se haga valer con sus anhelos, con sus aspiraciones y con sus demandas más sentidas. Esto ha faltado entre nosotros desde siempre, y resulta aún más incomprensible que así sea cuando vamos avanzando, aunque sea contra viento y marea, en una democratización que es por naturaleza integradora.

Tendríamos que tomar debidamente en cuenta los ejemplos internacionales de un desarrollo que no sólo se mantiene sino que se expande en el tiempo. Ninguna sociedad se mueve de modo eficiente y confiable hacia el progreso y la prosperidad si no organiza su desempeño evolutivo con todos los componentes de planificación y de proyección que vengan al caso. Es por ello que insistimos, y seguiremos haciéndolo de manera enfática y sostenida, en lo imperioso que es programarnos a plenitud en todo lo que corresponde al avance del país y a la coherencia del mismo.

Si no hay metas identificables no es posible trazar hojas de ruta que se dirijan hacia ellas; y a estas alturas ni las metas están definidas con entera claridad ni el direccionamiento correspondiente puede entrar en acción. Si algo crucial esperaríamos de los que gobiernan y de los que aspiran a gobernar es que dejen de hablar generalidades y se dediquen a plantear concreciones en la dimensión adecuada. Estamos en una campaña electoral que se viene desplegando desde hace ya bastante tiempo, y aún no se ha visto un núcleo de propuestas que enfoquen metas auténticas y consideren métodos eficaces para alcanzarlas. Esta es una falla que habría que superar con efectividad inmediata, porque la realidad no espera, y más cuando presenta una aceleración como la que se está dando en estos días tanto en lo global como en lo nacional.

Una hoja de ruta que pueda dar de sí lo que le corresponde tiene que ser parte de una agenda que contemple todas las apuestas inherentes al progreso, a la seguridad y a la estabilidad; y ambas –la agenda y la hoja de ruta– exigen contar con un calendario de ejecución que sin dejar de ser flexible sea bien concreto en el tiempo. De lo contrario, los compromisos quedan en el aire, como se ha experimentado tantas veces entre nosotros, con los efectos de desconfianza y de desaliento que tienen tan traumatizada a la ciudadanía. Cambiar tal situación sería el comienzo efectivo de un cambio de rumbo.

Lo que ya los salvadoreños no resistimos ni merecemos es continuar aleteando en el vacío, con las energías desactivadas y las oportunidades a la deriva. Si algo necesitamos con verdadera urgencia es saber qué queremos y hacia dónde vamos.

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