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El país tiene que estar preparado en todo momento para encarar los desafíos que se le presenten y aprovechar las oportunidades que se le ofrezcan

Hay desde luego una vinculación directa entre los desafíos y las oportunidades, y por eso resulta ineludible incorporarlo todo a ese proyecto de país que con tanta insistencia y vehemencia se viene reclamado desde diversos espacios de la sociedad.
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La lógica del accionar globalizado ha permitido que países como el nuestro, que por dilatada tradición estuvieron relegados a una marginalidad que parecía insuperable, puedan incorporarse a los diversos dinamismos de la evolución mundial, con limitaciones naturales pero también con perspectivas que en otro tiempo hubieran sido inimaginables. Esto nos abre una serie de posibilidades sin precedentes, pero a la vez nos compromete a hacer lo que nos toca para estar presentes de veras en lo que metafóricamente podríamos llamar “el club del desarrollo”. Nada es gratis en la vida, y mucho menos puede serlo el avanzar por los caminos de la prosperidad. Si bien siempre necesitaremos ayudas, el principal esfuerzo estará a siempre a cargo nuestro, como se comprueba en el día a día.

A pesar de que en el curso de toda esta ya prolongada posguerra ha habido estabilidad del esquema político y de que el avance democrático ha sido dificultoso pero continuado, no ha sido posible poner al país en la ruta de un desarrollo que esté a la altura de lo que necesitamos y merecemos. Y eso deriva, en buena medida, de que no ha habido una estrategia nacional para encarar los desafíos que la realidad va presentando sucesivamente ni tampoco una preparación adecuada para darles curso de aprovechamiento a las oportunidades que surgen de la misma dinámica de los hechos.

En la coyuntura actual, para colmo de males, nos hallamos empantanados en la discordia política entre las principales fuerzas partidarias, lo cual parece imposibilitar por el momento el impulso hacia ese nuevo esquema de entendimientos que evidentemente es condición ineludible para que la problemática nacional pueda encontrar soluciones eficaces y permanentes. Los desafíos son múltiples, y muchos de ellos de alta intensidad, como los referentes al control de las avanzadas criminales y los tocantes al despegue real de la economía; y, en contrapartida, las oportunidades, que son provechosas salidas al mundo y factores de cambio constructivo hacia el interior, están a la mano como nunca antes en la medida que se cree el ambiente para que puedan convertirse en proyectos personales y colectivos.

Hay desde luego una vinculación directa entre los desafíos y las oportunidades, y por eso resulta ineludible incorporarlo todo a ese proyecto de país que con tanta insistencia y vehemencia se viene reclamado desde diversos espacios de la sociedad. Para responder como se debe tanto a los desafíos como a las oportunidades se tiene que contar con una especie de plataforma de despegue que sólo es factible si resulta de los consensos básicos entre todas las fuerzas nacionales.

Hasta la fecha, los grandes desafíos continúan pendientes, convirtiéndose cada vez más en amenazas y en frustraciones, como las que derivan del empuje de la criminalidad y las que provienen del insuficiente desempeño económico. Eso es lo que hay que superar con inteligencia y con visión, para que el país en su conjunto pueda encaminarse decididamente hacia los niveles de progreso participativo que la democracia posibilita y reclama.

Valoremos las oportunidades como lo que son: palancas hacia una vida mejor en todos los sentidos. Y en vez de estar atrapados en los círculos viciosos de la incomprensión y de la intolerancia, caminemos hacia adelante como la nación que somos.

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