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El papa Francisco y el retorno a lo fundamental

Ojalá que las intenciones del Papa Francisco se vayan volviendo realidades cultivadas, como en un huerto sin límites. Este día, Sábado de Gloria, es ocasión más que oportuna para recoger el mensaje.
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Primera sorpresa: la renuncia de Benedicto XVI, hecho insospechado hasta antes de producirse. Primer enigma: que tal renuncia propiciatoria se produjera dentro del aura a la vez apocalíptica y augural de estos tiempos. Segunda sorpresa: la elección del sucesor, que no parecía estar entre los previsibles. Segundo enigma: que el nuevo Papa entrara, sin aspavientos, como Pedro por su casa. Tercera sorpresa: que escogiera como propio el nombre de un santo de la vida, San Francisco de Asís, nombre usado por primera vez a lo largo de la historia del Pontificado. Tercer enigma: el sereno talante de reformador sin ningún desplante de promotor revolucionario. Todo esto, que desde luego no agota ni las sorpresas ni los enigmas, tiene de inmediato un efecto anímico, al menos en quien esto escribe: la sensación de que la Providencia camina sonriente entre nosotros.

Hay fenómenos simbólicos que trascienden las fronteras de las doctrinas religiosas. En el seno de la Iglesia Católica se ha dado, en los tiempos más recientes, un cúmulo de acontecimientos que ponen de manifiesto la naturaleza reveladora de la época que vivimos. Vicios internos y desfases estructurales salen cada vez más a la luz, con apremio de corrección y de purificación. Y a la vez las figuras emblemáticas se suceden al hilo. Los tres últimos Papas están en esa condición: Juan Pablo II, el Papa polaco; Benedicto XVI, el Papa alemán; y Francisco, el Papa hispanoamericano. Es como si la señal fuera darles el encargo de la conducción a aquéllos cuya capacidad está acorde con los desafíos pendientes. Juan Pablo, el Papa de la inspiración global; Benedicto, el Papa del manantial doctrinario; Francisco, el Papa del nuevo tiempo.

Da la impresión de que los hechos ocurridos en torno a la selección de Papas desde la muerte casi inmediata de Juan Pablo I, que estuvo al frente de la Iglesia apenas durante 33 días, tienen una especie de secuencia que va más allá de lo casual. Este, desde luego, es un juicio opinable, como lo son todos los que se refieren a interpretación de acontecimientos históricos de cualquier índole. En un caso como este, en el que lo histórico toca los encajes de lo sobrenatural, el riesgo especulativo aumenta. Es lo que ocurre, por ejemplo, al contrastar los sucesos reales con las profecías que intentan descifrarlos de antemano, como la tan famosa y controvertida Profecía de San Malaquías, la cual, pese a todas las contradicciones que genera, no deja de ser misteriosamente significativa a la luz de los hechos.

El nuevo Papa llega de repente, sin ser de los considerados por los cálculos externos sobre quién sería el elegido, y al nomás llegar hace presente su impronta. En primer término, la naturalidad. Las primeras palabras que dice al salir al balcón para dar su saludo inaugural a la multitud reunida ansiosamente en la Plaza de San Pedro son “Buenas tardes…”, como cualquier recién llegado a una cita común. Y en el curso de los días siguientes, tres palabras resaltan entre las que menciona en sus alocuciones: servicio, perdón, misericordia. Es, pues, un mensajero del bálsamo que tanto está demandando la humanidad asediada y desasosegada de nuestros días. Y todo ello dentro de una actitud personal que se manifiesta sin reticencias ni boatos, en el más puro estilo de los mensajeros que buscan hacerse sentir más por el mensaje que por la persona. Dice el Papa Francisco que la misión de la Iglesia es servir. Dice también que Dios no se cansa de perdonarnos. Y dice en seguida que hay que practicar la misericordia. Este es momento más que oportuno para recordar estas cosas esenciales, que se olvidan o se marginan con tanta frecuencia en la vida cotidiana. El servicio no sólo es misión, sino autorrealización, tanto de las personas como de las instituciones de toda índole. El perdón es un compromiso eminentemente depurador. En el Padre Nuestro, nos comprometemos con el mismo Dios al respecto: “…perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. ¿Y quién se ha inventado que para perdonar al ofensor se requiere que éste pida perdón? El que perdona se libera y se engrandece. Por eso Dios, que es lo más grande que existe, nunca deja de perdonar, como dice Francisco.

Se necesita que la misericordia se extienda por el mundo como una efusión vivificante. “Misericordia quiero, no sacrificios”, dice el texto bíblico. En un mundo estragado por tantas violencias, odios y depredaciones, la misericordia es la receta del buen vivir. Y en su homilía del Domingo de Ramos hizo exaltación de la alegría, no por lo que se tiene sino por lo que se cree. Ojalá que las intenciones del Papa Francisco se vayan volviendo realidades cultivadas, como en un huerto sin límites. Este día, Sábado de Gloria, es ocasión más que oportuna para recoger el mensaje.

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