El paréntesis de Semana Santa debería abrir espacios mentales para reorientar actitudes en pro de un mejor país

Puestos en tal perspectiva, los salvadoreños estamos necesitando con verdadera urgencia recomponer todo nuestro esquema de vida, que ha padecido y padece trastornos crecientes desde hace varias décadas.
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La Semana Santa es, todos los años, un breve paréntesis en el agitado devenir de nuestra vida nacional, marcada con creciente agobio por los diversos problemas que nos aquejan prácticamente en todos los órdenes. La vida política está en convulsión constante, la vida económica presenta grandes deficiencias y desajustes, la vida social está marcada por situaciones tan angustiosas como las que genera la criminalidad en todas sus expresiones; y todo eso junto determina que el signo principal de lo que ocurre sea la inseguridad, que tiene múltiples facetas en sucesivo despliegue. Si algo va distorsionando y deteriorando agresivamente el quehacer humano es la inseguridad, y de eso los salvadoreños tenemos vivencias y experiencias a granel. La victimización de la ciudadanía honrada es el retrato hablado de esta crisis.

Puestos en tal perspectiva, los salvadoreños estamos necesitando con verdadera urgencia recomponer todo nuestro esquema de vida, que ha padecido y padece trastornos crecientes desde hace varias décadas. Para lograr tal objetivo fundamental es indispensable readecuar lo más pronto posible los mecanismos de convivencia social, política, cultural y económica. El pesimismo, el odio, la indiferencia y la irresponsabilidad circulan por el ambiente como Pedro por su casa, y sin corregir tales distorsiones de la conducta, que reflejan quebrantos del espíritu y de la conciencia, no es imaginable un retorno cierto y seguro a la normalidad constructiva que es la base del buen funcionamiento en todos los órdenes.

El hálito espiritual que se activa en la Semana Santa, pese a los desvíos frívolos que se han vuelto cada vez más comunes en estos tiempos, tendría que ser una inspiración muy propicia para reconocer desapasionadamente lo que debemos hacer como sociedad en función de una convivencia nacional realmente pacífica, ordenada y progresista en el mejor sentido de tales términos. Los salvadoreños tenemos larga y fructífera experiencia en salir adelante en medio de las mayores adversidades; ese aprendizaje histórico acumulado hay que activarlo hoy más que nunca, porque las condiciones de la realidad se nos han vuelto complejas y desafiantes al máximo.

El sentimiento de conexión con la Divinidad también se pone más vivo en estos días, y por ello no hay que dejar pasar el momento sin impregnarse lo más que se pueda de tal influjo benéfico, capaz de ventilar hasta las mentes más cerradas y de habilitar intenciones positivas frente a todo lo que falta por lograr para que nuestra sociedad en su conjunto se vaya depurando de todas las negatividades circulantes.

Cuando una colectividad está tan asediada y poseída por el mal como le sucede a la nuestra en estos tiempos tan aciagos, más esfuerzos hay que poner en marcha para servirle al propósito de la regeneración y de la reconstrucción. Con gran frecuencia basta plantar una semilla vivificante para iniciar el nuevo huerto de las realizaciones, en este caso nacionales. Y si cada quien pone su semilla, ese huerto irá extendiéndose por toda la superficie de nuestra vida colectiva, haciendo que en un momento cercano se empiecen a ver las flores y los frutos.

Reorientemos las actitudes para que cambien las dinámicas y se posibiliten los buenos resultados. Cada quien en lo suyo, lo más importante de entrada es que nadie se quede al margen de esta labor reanimadora a fondo. Que la Semana Santa nos inspire para asumir el reto.

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  • semana santa
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