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El peligro de juzgar es presumir de justo

El juzgar a otros, más que discriminación u opinión, es condenación. El juzgar tampoco significa discriminar o señalar, sino más bien sentenciar. Cuando juzgas la conducta o el pensamiento de otro, lo que haces es condenarlo a la opinión de los demás. Es sacar una conclusión evaluando solamente el accionar, creyendo entender las motivaciones y las intenciones de otro. La humildad lleva a no apuntar el dedo (o la pluma) en contra de los demás, para juzgarlos, sintiéndose superior a todos. El peligro de juzgar es presumir de justo, sentenciando de culpable o inocente a quien sea, olvidando que quien juzga se equivoca siempre, porque se pone en el lugar de Dios.

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Sherman Calvo / Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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Aclarado lo anterior, tenemos entre nosotros a un “mensajero” que se dedica a juzgar personas a punta de cartas de opinión pública, asumiendo que tiene la potestad de dictar sentencia con el mazo del monopolio de la razón. ¡Qué equivocación más grande y qué falta de humildad!

Además del libre albedrío que Dios nos dio, vivimos en un sistema de libertades. La libertad es el derecho de hacer elecciones en cada área de nuestra vida, respetando la misma libertad que tienen los demás. Yo tengo libertad de culto, libertad de asociación, libertad de iniciativa, libertad de conciencia, libertad de expresión. Como columnista que soy desde hace muchos años, he abordado diversidad de temas, pero siempre respetando las libertades de los demás, enfocado en el problema, sin atacar personas por su religión, ideología, principios o valores.

Así como una persona tiene la libertad de estar en desacuerdo conmigo, yo tengo la libertad de no opinar lo mismo que otros, pero predicando con la tolerancia y el debido respeto a la libre emisión del pensamiento de los demás. Alguien que tenga interés en generar un debate sobre la problemática del aborto, sobre la ideología de género, sobre la “renovación” en política, etcétera, puede hacerlo, pero eso no le da ningún derecho a juzgarme negativamente por defender la vida, por creer que el aborto es un asesinato vil al más inocente de todos, al que no puede defenderse; a juzgarme por tener mi propio criterio sobre la ideología de género o por defender mi fe, mis principios y valores; a juzgarme como “el malo” porque según él, para ser “renovador” debo redefinir el concepto de familia, lo cual es imposible: La familia se funda en el más profundo sentido, en el matrimonio, unión perdurable de varón y mujer. La familia es la célula básica de la sociedad, por eso, de cómo vaya la familia, va la sociedad. Creo en el concepto de paternidad y maternidad, como vocación particular del hombre y la mujer en el matrimonio.

Con el tiempo he ido descubriendo, que pensar de esa manera incomoda a algunas personas y de allí me vienen muchos ataques; sin embargo, más que sorprenderme o atemorizarme, compruebo que el abismo entre mis principios y los de quienes quieren imponer sus agendas se ensancha cada vez más; a esos detractores les digo que si creyeron que las convicciones y principios son un bien transable, se equivocaron y tampoco le funcionará al “señor de las cartas” la lógica del personaje que se coloca a sí mismo en el centro y termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo se vuelve relativo e irrelevante si no le sirve a los propios intereses.

Si en una persona no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de sus propios proyectos y de las necesidades inmediatas de su agenda, es imposible que pueda reconocer alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos.

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