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El poder como herramienta o como fin en sí mismo

El círculo cercano al presidente podrá influir positivamente para que abra el espacio al debate, admita las diferencias características de la democracia y respete el estado de derecho una vez consumado su triunfo electoral? ¿O la genuflexión al líder seguirá campeando aun si este violenta los principios constitucionales? De la respuesta a estas preguntas dependerá que El Salvador recupere un poco de la convivencia, la tranquilidad, que haya gobernabilidad sana y no maleada por la intimidación, y el consiguiente clima de negocios.Para darle predictibilidad a los inversionistas nacionales y extranjeros, fundamental para la generación de empleo, creación de base tributaria y bienestar social, hay que comprometerse con la seguridad jurídica. Eso depende del gobierno más que de ningún otro actor, se relaciona no con la sujeción de uno al otro sino con el equilibrio entre los poderes, y está intrínsecamente ligado a cómo funciona la sociedad.

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Además del luto en que sigue envolviendo a muchas familias, la pandemia le ha dejado a El Salvador bocas hambrientas y rampante desempleo. Enfrentar esta situación con responsabilidad y solidaridad es el reto del gobierno de GANA, uno que debe asumir con madurez y altura aún más luego de que Nuevas Ideas, el otro brazo político del presidente de la República, ganó la mayoría en el parlamento.

Decirlo puede sonar a perogrullada, a obviedad: que un partido político que ha acumulado tanto poder sea responsable y empático con la población desde la administración del Estado es materia de un curso básico de ética y política.

Pero desde anoche, la pregunta que se hacen los demócratas salvadoreños es cuánto se resistirán el mandatario y su círculo a sus peores apetitos autoritarios, y qué tan dañados pueden dejar al sistema de libertades y al tinglado jurídico tras los próximos tres años.

Aparentemente es un momento de unidad; desde algunas esferas se pretende que las energías que guían a la nación apuntan al futuro, a la dirección correcta, a un norte republicano y de desarrollo social. Pero es difícil darle crédito a una administración que se exhibió hasta hoy como volátil, reaccionaria e incapaz de dialogar con sus opositores. Ayer, algunos miembros del gabinete incluso se permitían amenazas contra crípticos opositores, unas posiciones indignas de los cargos que detentan. A nadie sorprenden esas posiciones: la matonería ha sido la marca de fábrica de este gobierno.

¿El círculo cercano al presidente podrá influir positivamente para que abra el espacio al debate, admita las diferencias características de la democracia y respete el Estado de derecho una vez consumado su triunfo electoral? ¿O la genuflexión al líder seguirá campeando aun si este violenta los principios constitucionales? De la respuesta a estas preguntas dependerá que El Salvador recupere un poco de la convivencia, la tranquilidad, que haya gobernabilidad sana y no maleada por la intimidación, y el consiguiente clima de negocios.

Para darle predictibilidad a los inversionistas nacionales y extranjeros, fundamental para la generación de empleo, creación de base tributaria y bienestar social, hay que comprometerse con la seguridad jurídica. Eso depende del gobierno más que de ningún otro actor, se relaciona no con la sujeción de uno al otro sino con el equilibrio entre los poderes, y está intrínsecamente ligado a cómo funciona la sociedad.

Si las energías de la sociedad están debidamente dirigidas, el conflicto es sólo una herramienta en el camino a cotas más altas de desarrollo humano, arquitectura democrática y pensamiento nacional; pero si no, si el conflicto no es más que incordio, erosión o distracción para otros intereses, sólo se dilapidarán tiempo y recursos.

Hasta ahora, el oficialismo hizo las veces de director de orquesta ante esas energías, usándolas hábilmente con fines electorales. De su coqueteo con la insatisfacción y el enfado de grandes mayorías obtuvo legitimidad para su proyecto de acumulación del poder. Con el premio ya conquistado, le corresponde permitir que la nación avance y ponerle alto a la combustión de las pasiones y el revanchismo.

Cuando se ha acumulado poder, el único sentido de encender las antorchas es servir de guía, no blandirlas como arma.

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