El poder de la ciudadanía

El devenir de la historia política occidental ha convertido a la democracia en lo que puede resumirse como una ecuación donde “representación es igual a participación”, y entre ambas se genera una dinámica de constante tensión e interdependencia: la calidad de la representación está determinada por la calidad de la participación.
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Cada tres o cinco años, cuando elegimos representantes, delegamos en otras personas la porción de poder político que a cada uno nos corresponde. Al resultar electo un nuevo gobierno central, municipalidad o una nueva Asamblea Legislativa, la cancha se marca: eres representante o representado. Cuando la tan llamada “fiesta cívica” termina, solemos volver a nuestras vidas para seguir siendo espectadores de lo que otros hacen con nuestro destino y nuestro dinero.

No obstante, delegación no quiere decir que hemos otorgado un cheque en blanco, sino un mandato de administrar con responsabilidad y buen criterio los recursos de todos para el bien de todos (no para el bien de algunos). Este mandato entonces no es gratuito, está sujeto a vigilancia y control permanente. Ahí es donde entra el otro término de la ecuación: la participación.

La mayoría de nosotros nos hemos creído el cuento de que ser buen ciudadano se limita a votar, pagar impuestos y no hacer daño a nadie, pero en el fondo, cuando vemos lo mal que andan las cosas, sabemos que eso no es suficiente para asegurarles a nuestros hijos un futuro en este país. Si nos sentimos disconformes, la indignación pasiva no cambiará nada, pero la participación sí.

—¿Qué podemos hacer?

—Infórmese.

—Entre tantas versiones nunca se sabe quién dice la verdad.

—Contraste fuentes y saque sus propias conclusiones.

—Los políticos solo buscan su propio beneficio.

—Aprenda cómo las decisiones que se están tomando le afectan, conozca sus derechos y exíjalos.

—Uno solo, ¿qué puede cambiar?

—Organícese con otros ciudadanos con quienes comparta los mismos problemas y actúen conjuntamente: vecinos, madres de familia, estudiantes, usuarios, pacientes, etcétera.

—¿Qué opciones tenemos?

—Escribir cartas a los gobernantes, usar los mecanismos que están en las leyes, denunciar los abusos y la corrupción, protestar cuando haga falta.

—Todo eso suena algo complejo y no tengo tiempo.

—Es verdad, la participación implica tiempo, pero si lo piensa bien, vale la pena invertir tiempo en una mejor vida y un mejor futuro. Además, puede acercarse a organizaciones promotoras de la participación ciudadana, en busca de ayuda, asesoría o formación para facilitar dicha tarea que es tan ardua como importante.

¡Hacer algo es posible! Crea en usted, comprométase con los suyos y ejerza el poder de la ciudadanía.

(*) Proyecto Cero (proyectocero.sv) es una organización ciudadana que busca crearle espacios de poder a la ciudadanía para incidir directamente en las decisiones que determinan sus vidas, generando herramientas para facilitar la participación, especialmente a través del uso de las tecnologías.
 

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