El poder de la esperanza

En nuestro país se necesitan muchas cosas, como ocurre en prácticamente todas las sociedades de nuestro tiempo, con independencia del desarrollo que demuestren o que traten de ostentar.
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Pero en nuestra sociedad las carencias estructurales y los trastornos coyunturales hacen, en conjunto, que parezcamos un pequeño mundo agónico sin redención posible. Es en tales circunstancias que tenemos que plantar, en el punto más alto de nuestro paisaje existencial, la bandera de la esperanza. “¡Qué ingenuidad!”, dirán algunos compasivamente. “¡Qué despiste!”, dirán otros, con gesto despectivo. “¡Qué ridiculez!”, clamarán los más inconformes. Y es que si algo ha venido expandiéndose en el país como una verdolaga imparable es el escepticismo sobre nuestro presente y ya no se diga sobre nuestro futuro. Pero hay que reconocer, pese a todo, que el escepticismo no lleva a ninguna parte, y que, al ser así, nada se pierde con intentar darle alientos a la esperanza. Nada se pierde, pero puede ganarse mucho, como muestra la experiencia de los esperanzados en todo tiempo y lugar. La fe mueve montañas, dice la sabiduría popular. Y podríamos agregar: La esperanza abre horizontes. Y de eso se trata: de descubrir y visibilizar horizontes aun entre la más cerrada nublazón. Y si la esperanza falla, ¿qué es lo que queda? Queda la esperanza para volver a empezar...

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