El poder de la razón frente a los intereses del poder

Afortunadamente, la sinrazón se viene poniendo en creciente evidencia en la cotidianidad, y ya con ribetes melodramáticos y aun esperpénticos.
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El poder de la razón frente a los intereses del poder

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<p>No cabe duda de que el ejercicio democrático, aun con los defectos e insuficiencias que pueda mostrar en sus fases de aprendizaje inicial, como es nuestro caso, constituye una escuela cotidiana de verdades espontáneas, que nunca antes quisimos ver ni reconocer, y que ahora se nos presentan como deberes escolares inaplazables. Una de esas verdades es la necesidad de incorporar el uso de la razón a todas las dinámicas de la vida cotidiana. Esto parece obvio sin más explicaciones, porque los seres humanos somos individuos de razón; sin embargo, lo obvio no siempre funciona como tal en los hechos, y este —el nuestro, el de nuestra vida nacional— es un caso patente en el que la sinrazón ha tenido todas las facilidades para instalarse en el centro de nuestra vida, con las consecuencias que ello acarrea, y que ya no son ocultables ni disimulables.</p><p>Tenemos que partir de algo fundamental, y que aún lo es más en las circunstancias presentes: la democracia es, desde su base conceptual y en todas sus expresiones concretas, un constante ejercicio de razón. No quiere decir, desde luego, que todo lo que pase en el desenvolvimiento democrático cotidiano sea racional o razonable, pero sí que todo lo que no lo sea provoca y produce crisis y desajustes que sólo pueden ser resueltos por la vía del comportamiento racional y de las prácticas razonables. Para comprobárnoslo con el debido dramatismo ha venido el enfrentamiento entre la Asamblea Legislativa y la Sala de lo Constitucional, que no tendría por qué haberse dado si la razón democrática se hubiera aplicado sin reservas y sin excepciones. Pero aquí intervino abusivamente el segundo factor enunciado en el título: los intereses del poder.</p><p>En cualquier sociedad y en cualquier tiempo, el poder es una trenza viva de intereses. Esto no se puede evitar como fenómeno normal de la vida, porque es connatural al ejercicio de la política. Pero lo que sí se puede y se debe es construir y habilitar la red de los adecuados controles, para que el poder no haga simplemente de las suyas, como es su tendencia espontánea. Así fue surgiendo en la historia el Estado de Derecho y así también se fue manifestando el método democrático de vida política. Entre el Estado de Derecho y la democracia hay una vinculación umbilical indisoluble, aunque darle vigencia decisiva a dicho vínculo en el vivir y en el convivir de las sociedades es una tarea que nunca termina, porque las tentaciones de la arbitrariedad y de la impunidad siempre están listas para el asalto contra todo lo que se les presente como obstáculo.</p><p>En nuestro caso, la democracia no nos llegó por convicción racional, sino por necesidad histórica. Esto lo hemos repetido cuantas veces ha sido necesario, con el fin de tomar un punto de partida que nos permita entender mejor los avatares, los logros y las vicisitudes de nuestro proceso democratizador. </p><p>Al haber sido una decisión determinada por la circunstancias —cuando colapsó el régimen autoritario que estuvo en vigencia por largo tiempo en el ambiente—, muchos siguieron sintiendo y aun creyendo que la lógica autoritaria podía sobrevivir entre telones. </p><p>Esto ha constituido un constante sabotaje a la razón democrática, lo cual viene representando la dificultad mayor que encuentra el proceso evolutivo nacional en el curso de su desarrollo. Y en eso debería enfocarse el principal esfuerzo rectificador, en ruta hacia la estabilidad definitiva. </p><p> Estado de Derecho es la forma legal del estado de razón. Democracia es el mejor sinónimo de razonabilidad en ejercicio. Estas no son teorizaciones opcionales, sino expresiones de pragmatismo funcional. </p><p>Porque debemos reconocer que la razón es lo más pragmático que existe, aunque la sinrazón quiera mostrarla como un componente impráctico, incómodo y prescindible. Si en el país la razón hubiera ejercido históricamente el papel que le corresponde habríamos tenido democracia desde el comienzo de nuestra vida republicana; las diferencias socioeconómicas se habrían ido ajustando a principios de evolución y de equidad; y la institucionalidad nacional habría tenido un desarrollo progresivo en el tiempo. Al no ocurrir oportunamente nada de eso, los fueros de la sinrazón tuvieron y siguen teniendo espacio para hacerse valer. </p><p>¿Qué nos corresponde hacer en este preciso momento de nuestra evolución, cuando la democratización crea el escenario propicio para las transformaciones de fondo? Poner en juicio al poder y darle a la razón el lugar que le corresponde. Afortunadamente, la sinrazón se viene poniendo en creciente evidencia en la cotidianidad, y ya con ribetes melodramáticos y aun esperpénticos. </p><p>La tarea es, en consecuencia, más que política: es de salvaguarda y promoción de identidad, en el sentido dinámico del término. </p><p>&nbsp;</p>

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