El poder, una necesidad extravagante

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En lenguaje sencillo y de acceso universal el ser humano tiene que satisfacer necesidades básicas para sobrevivir. La pirámide de Maslow nos proporciona la jerarquía de necesidades partiendo de la base hasta la cúspide: fisiológicas, seguridad, afiliación, reconocimiento y autorrealización. Entre las primeras destaca: respiración, alimento, descanso, vestuario, techo y sexo.

El consumo o posesión de estos bienes son básicos para la existencia misma, están citados de alguna manera en el orden de prioridad, destacándose aquellas necesidades primordiales para sobrevivir y las que satisfacen los instintos; siguiendo con las relacionadas con la seguridad física, educación, empleo, amistad, afecto, reconocimiento, respeto, éxito y hasta arribar a todo aquello que en lo individual signifique la autorrealización.

A medida que las necesidades básicas van siendo satisfechas, siguiendo a Maslow, surgen otras de un nivel superior. En la cúspide o última fase se suscitan divergencias de preferencias. Para los que en su existencia fijan en la mente lo material o el dinero como objetivo ulterior, la insatisfacción puede resultar permanente. La felicidad que pregonan algunos como necesidad sublime, para otros es subjetiva e independiente de estereotipos culturales. Ser feliz en opinión de muchos es solo un estado de conciencia, pero pudiese convertirse en autorrealización para quienes no tienen apego a lo material y abundancia espiritual.

En la autorrealización surge un fantasma, una especie de salteador rapaz: la ambición de poder. El poder por el poder mismo, el poder-autoridad, el poder como el clímax de la soberbia. Esa satisfacción que niega la prédica de dando es como recibimos. Ese poder egoísta que la descarta la búsqueda de la satisfacción colectiva y desprecia la capacidad individual para transformar la realidad concreta de un país para beneficio colectivo. Como afirma Albano Zambrano, el poder como mecanismo para la emancipación de las mayorías salvaguardando sus derechos fundamentales. El poder para eliminar los privilegios de unos cuantos a favor de la felicidad colectiva.

Estas inquietudes y afirmaciones surgen cuando existen candidatos que conocen la realidad del país específicamente: el antecedente de incumplimiento de ejecutar a cabalidad y en una forma trasparente y normal las funciones inherentes de un gobierno, la situación crítica de las finanzas gubernamentales, la reducida inversión extranjera privada y las posibilidades reales de un crecimiento porcentual sostenido del producto por encima del crecimiento relativo de la población, la dependencia cada vez mayor en la capacidad para importar de las remesas familiares, el grado alarmante de violencia y de los porcentajes veraces de pobreza relativa y extrema del país.

Será posible que un potencial votante aspire a que el móvil de los candidatos sea altruista, legítimo y estrictamente sano. Será posible que en un país subdesarrollado pueda contarse con un liderazgo que inicie una etapa perceptible de una nueva sociedad salvadoreña. Me resisto a aceptar una definición de Tomás Hobbes que me encontré accidentalmente: “El poder como medio presente de un hombre que le permite obtener algún bien futuro manifiesto”.

Yo prefiero ser un inocente político, como alguien me llamó un día, o un ciudadano idealista o iluso que espera que otros ciudadanos compartan mis aspiraciones de ver convertido este país en un territorio donde habite una sociedad culta, próspera, segura y en la cual la prevalencia de la justicia, la institucionalidad y el Estado de Derecho sean sus características destacadas.

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  • Poder
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