El polémico tema de la reforma de pensiones se ha vuelto una cuestión crucial para calibrar lo que nos espera de aquí en adelante

Pero lo que el acontecer político y socioeconómico nos está revelando en forma inequívoca es que las maniobras y las argucias tradicionales se vienen volviendo progresivamente menos capaces de imponerse frente a los intereses del bien común, que emergen al impulso de la democratización en marcha.
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Evidentemente los tiempos van cambiando, y aunque no siempre sea para mejorar, no cabe duda de que hay en la atmósfera nacional una serie de impulsos correctivos de situaciones que hasta hace poco parecían inamovibles por efecto de la forma en que el poder y sus distintas ramificaciones y tentáculos han venido incidiendo en la vida de todos, comenzando por la vida institucional. En otros tiempos, hasta los temas de más profunda y decisiva incidencia en la suerte de la institucionalidad y de la ciudadanía se trataban a la ligera, al vaivén de las maniobras políticas del momento. Cuestiones cruciales como la dolarización y el cambio de sistema previsional se manejaron entonces con el simple y ocasional instrumento de la aritmética legislativa. Hoy, aunque el riesgo de usar esos métodos aún existe, ya no es tan fácil como lo fue en otros momentos, porque la ciudadanía se manifiesta cada vez con mayor voluntad de hacer que las cosas funcionen conforme a lo que la realidad demanda.

Pero lo que el acontecer político y socioeconómico nos está revelando en forma inequívoca es que las maniobras y las argucias tradicionales se vienen volviendo progresivamente menos capaces de imponerse frente a los intereses del bien común, que emergen al impulso de la democratización en marcha. En este preciso momento de la situación nacional, muchas cosas trascendentales están en juego sobre el tapete de la política actuante, y sin duda de la forma en que puedan ser manejadas conforme a los nuevos movimientos tanto de la ciudadanía como de la institucionalidad depende lo que sea esperable de aquí en adelante, en lo que a orden y predictibilidad se refiere.

El caso más sintomático en tal sentido es el que se centra en el intento gubernamental de reformar el actual sistema de pensiones por otras razones que no surgen de la forma en que está funcionando en los hechos dicho sistema. En verdad, lo que se busca es paliar al menos temporalmente la escasez de recursos estatales para hacerles frente a las diversas obligaciones contraídas desde hace tiempos o recientemente. Tapar un hoyo abriendo otro mayor. Y ese tipo de proceder, como está sobradamente comprobado, lleva a complicaciones crecientemente inmanejables.

Si se logra, por medio de la consabida construcción artificiosa de la mayoría necesaria en el seno de la Asamblea Legislativa, pasar una reforma que despierta tantas sospechas y rechazos, continuará quedando abierta la posibilidad de distorsiones perturbadoras en el manejo de los asuntos públicos más serios, con los intereses coyunturales haciéndose valer a cualquier costo. Esto es muy grave para la normalidad del proceso nacional, que seguirá dando tumbos si no hay correcciones responsables de la dinámica institucional en los más altos niveles, que es donde se toman las decisiones claves.

Lo consecuente sería que todas las dinámicas de gestión en las distintas áreas del poder estuvieran regidas, sin excepción, por el principio del bien común. Es comprensible que los que se encargan de dicha gestión en momentos determinados quieran salir bien parados para no perder puntos competitivos de cara a la ciudadanía que elige, pero eso hay que lograrlo con los instrumentos legítimos que la misma democracia potencia, que son en primer término capacidad y responsabilidad.

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