El porvenir no viene

El Salvador es un país en el cual el pasar del tiempo sin concreciones que aseguren un porvenir es una deuda no contabilizada.
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El tiempo es objeto de conteo en un simple calendario, pero con la acumulación de los años y la falta de un cimiento que garantice un futuro viable, el devenir equivale o se identifica con el principal derroche en este país y el pasivo más ostentoso de las tres últimas generaciones, tomadas en cuenta, por si todavía queremos rectificar.

La politiquería se ha encargado de que en este país la planificación sea un término que ocupa espacio en un diccionario, pero sin significado en la vida real. Los términos elección, poder, alianzas son más trascendentes para un político que los supuestos compromisos que adquiere como potencial funcionario. El juramento en la toma de posesión es una simple prosa intrascendente, que no hace sentido para aquellos cuya concentración está en el poder por el poder mismo y no como medio para construir y fortalecer un sistema.

El poder público y el tiempo se han convertido en patrimonios individuales y en ningún momento son bienes de capital y colectivos. Se utilizan como propios y se malgastan. El poder público y el tiempo país desperdiciado no han servido para generar valores agregados y tampoco porvenir; se han consumido e hipotecado, como si fuesen bienes de consumo privado que se pueden transar y enajenar.

Por otra parte, el desarrollo del servicio público supuestamente es algo apetecible como un medio de acumular prestigio y heredar integridad a sus sucesores. Su posesión es un privilegio frente a los trabajadores del mundo civil. Estos últimos subsidian su remuneración para que sus servidores o representantes en la prestación de un servicio público generen bienestar colectivo; con un salario extra: el ser funcionario público conlleva un valor intrínseco o exclusivo.

Una razón de que un cargo privado o público se obtenga por oposición es que quien lo ostenta es una opción entre varias existentes. Si el empleado o servidor no genera el servicio para el cual se le contrató, es objeto de despido o remoción. El incumplimiento en el caso público torna lo exclusivo en accidental o impropio.

Adquiere importancia en ese contexto aseveraciones que en un tiempo fueron consideradas inéditas, atrevidas y exageradas: un país inviable, una sociedad secuestrada, Estado fallido, default financiero, pero que se han convertido en parte del léxico de tertulia del ciudadano supuestamente educado o versado.

A las aseveraciones atrevidas de antaño y lugares comunes en el presente podemos agregar el de que el porvenir no viene, puesto que el poder y el tiempo no operan. Este fenómeno se ha ido generando por décadas, el país productiva y culturalmente hablando no ha avanzado en varios quinquenios. Le basta a un turista examinar al azar indicadores económicos y sociales u observar la vía pública y cualquier noticiero, para concluir que afrontamos una sociedad inculta y una inseguridad personal casi con servicio a domicilio.

El último acontecimiento, no saberse los resultados definitivos de las elecciones, muchos días después de haberse efectuado el magno evento.

Paciencia, pueblo, el porvenir que se asocia con el simple futuro llegará como han llegado todos los acontecimientos. Sin embargo, el porvenir que se forja con calidad llegará con la educación que proporciona responsables y conscientes ciudadanos.

El tiempo es un patrimonio, si se utiliza responsablemente por agentes económicos y sociales, en particular por sus gobernantes. “También el futuro con calidad llega, pero no es un bien libre, se construye”.

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  • planificacion
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