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El premio prometido

En la viuda que entrega sus dos moneditas al tesoro del templo podemos ver la «imagen de la Iglesia» que debe ser pobre, humilde y fiel. Dijo el papa Francisco en una de sus homilías.
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Comentando el pasaje donde Jesús, «tras largas discusiones» con los saduceos y los discípulos en relación con los escribas y a los fariseos que «se complacían en ocupar los primeros puestos, los primeros asientos en las sinagogas, en los banquetes, en ser saludados», alzando los ojos «vio a una viuda».

De la viuda, se dice dos veces que era pobre y pasaba necesidad. Es como si el Señor hubiese querido destacar a los doctores de la ley: Tenéis muchas riquezas de vanidad, de apariencia o incluso de soberbia. Esta es pobre...

Pero en la Biblia el huérfano y la viuda son las figuras de los más marginados, así como también los leprosos, y por ello hay muchos mandamientos para ayudar, para ocuparse de las viudas, de los huérfanos. Y Jesús mira a esta mujer sola, vestida con sencillez y que echa todo lo que tenía para vivir: dos moneditas. El pensamiento vuela también a otra viuda, la de Sarepta, que había recibido al profeta Elías y había dado todo lo que tenía antes de morir: un poco de harina y aceite...

Una mujer pobre en medio de los poderosos, en medio de los doctores, de los sacerdotes, de los escribas... también en medio de los ricos que echaban sus donativos, e incluso algunos para hacerse ver. A ellos les dijo Jesús: Este es el camino, este es el ejemplo. Esta es la senda por la que vosotros tenéis que ir. Surge fuerte el gesto de esta mujer que le pertenecía totalmente a Dios, como la viuda Ana que recibió a Jesús en el Templo: toda para Dios. Su esperanza estaba solo en el Señor.

El Evangelio presenta la imagen de la viuda precisamente en el momento en el que «Jesús comienza a sentir las resistencias de la clase dirigente de su pueblo: los saduceos, los fariseos, los escribas, los doctores de la ley». Y es como si Él dijera: Sucede todo esto, pero mirad allí, hacia esa viuda. La confrontación es fundamental para reconocer la verdadera realidad de la Iglesia que «cuando es fiel a la esperanza y a su Esposo, se alegra de recibir la luz que viene de Él, de ser –en este sentido– viuda: esperando ese sol que vendrá».

Por lo demás, no por casualidad, la primera confrontación fuerte que Jesús tuvo en Nazaret, después de la que tuvo con Satanás, fue por nombrar a una viuda y por nombrar a un leproso: dos marginados. Había «muchas viudas en Israel, en ese tiempo, pero solo Elías fue invitado por la viuda de Sarepta. Y ellos se enfadaron y querían matarlo».

Cuando la Iglesia es «humilde» y «pobre», y también cuando «confiesa sus miserias –que, además, todos las tenemos– la Iglesia es fiel». Es como si ella dijera: «Yo soy oscura, pero la luz me viene de allí». Y esto nos hace mucho bien.

Entonces pidamos a esta viuda que está en el Cielo que nos enseñe a ser Iglesia de ese modo, renunciando a todo lo superfluo, a no tener nada solo para nosotros sino todo para el Señor y para el prójimo. Siempre con humildad y sin gloriarnos de tener luz propia, sino buscando siempre la luz que viene del Señor.

Acudamos también a Nuestra Madre, que puede tanto delante de Su Hijo, para conseguir que nos dé el Cielo, como Él nos lo ha prometido.

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