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Los salvadoreños no convivimos; mayoritariamente, solo nos soportamos.

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Cristian Villalta

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Convivir es instalarnos en nuestras diferencias y administrarlas permanentemente. Requiere un reconocimiento de las divergencias, por lo general profundas, que tenemos sobre asuntos fundamentales como la conveniencia de militarizar aún más nuestra seguridad pública, si estamos o no de acuerdo con que combatir la marginalidad equivale a seguir asesinando marginales, y qué tan difícil le pondremos a nuestra juventud la conquista de los espacios públicos, políticos y de manifestación que una vigorosa nueva generación reclama.

Si los usualmente contrapuestos intereses de lo privado y lo público, de lo empresarial con lo patronal, de lo civil con lo militar, de lo partidocrático y lo ciudadano conviven en un espacio, es posible negociar las soluciones menos dolorosas a aquellos problemas sobre los que ya no cabe el debate. Ponga usted en esta lista lo que quiera: financiamiento de los fondos de pensiones, estrés hídrico, carga impositiva, aumento del iva o reducción del tamaño del Estado.

La convivencia debe ser la aspiración de una sociedad democrática; aunque sea históricamente inasible, en el camino todos sacrificaremos un poco sometiendo el tan salvadoreño apetito por la destrucción a una aspiración mayor. Si ninguno de sus propósitos es sublime, ¿cuál es el sentido de la vida en sociedad?

Soportarnos es más fácil. Basta con dosificar el desprecio que sentimos por el distinto, por el opuesto, por el adversario. Se puede hacer incluso insultándolo, humillándolo, vilipendiándolo mientras azuzamos las vísceras de nuestra gente. Siempre y cuando no atravesemos la línea de lo delictivo, todo se vale, como lo demuestra la floreciente industria de los mercenarios digitales, gente que desprestigia a otros por el precio correcto con tarifario por post, por tuit y por todo el bestiario del fake.

Y eso es lo que hay, al menos hasta que nuestros líderes tengan la estatura suficiente para dejar de mirarse al ombligo y arrastrarnos a todos a esa contemplación.

Tristemente, son buenos tiempos para la viruta. Por eso con exponencial frecuencia leo y escucho a decenas de mis mejores compatriotas, ciudadanos con mente crítica, periodistas, abogados, voceros de importantes movimientos sociales, políticos de nueva hornada, participando en discusiones barriobajeras, un día sí y el otro también: ¿adónde debe realizarse la toma de posesión? ¿Debe tocar Coldplay o mejor Inti illimani? ¿Portillo Cuadra quiso ofender a todo Soyapango cuando mencionó al basurero? ¿La Harley es demasiado moto para un policía?

Hay un esfuerzo sistemático de mantener ese nivel de discusión, concentrando a la opinión pública en asuntos superficiales, evadiendo así que el músculo crítico se ocupe de situaciones relevantes, haciendo las veces de escudo para los círculos del poder. Un debate así de absurdo, enfocado en los colochos de la coyuntura, es una herramienta ideal para los propagandistas, que sólo deben subirle el volumen a la discusión para distraernos a todos. Lo hacen, mea culpa, a ciencia y paciencia del periodismo, dispuesto a convertir bagatelas en noticia en la pelea por el click de cada día.

Para Gana, es más cómodo retar a los diputados a llegar a la plaza pública que explicar porque hay tanta gente de la corte de Tony Saca alrededor del nuevo presidente. Para Arena, es más fácil criticar a la PNC por el medio millón en motos que explicar la resistencia al IAIP de sus alcaldes más emblemáticos. Y sigue el reloj corriendo, letal para miles de salvadoreños que viven en un país criminal, mientras los más afortunados inflamos otro tanto la burbuja.

El presidente debe ser el primero en abonar a la convivencia. Una vez investido, debe ser consciente de su relevancia, perseguir la convivencia y pronunciarse contra el sistema que atenta contra ella a diario. Ojalá.

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