El principal reto estructural de la política en este 2013

Estamos aquí ahora, rodeados de frustraciones de todo tipo, y ese sentimiento generalizado no nace de los hechos como tales sino de la inoperancia de nuestra forma de enfrentarlos.
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El principal reto estructural de la política en este 2013

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Hemos entrado ya en 2013, y este 16 de enero se cumplen 21 años de la solemne suscripción del Acuerdo de Paz; es decir, tenemos ya sobrada mayoría de edad en esta nueva fase histórica que abrió un capítulo verdaderamente inesperado e inédito de nuestro devenir nacional. Al estilo que nos caracteriza, los salvadoreños emprendimos la democracia y acogimos el advenimiento de la paz —cada una en su momento— de una forma que, para ser amables, podríamos calificar como artesanal, aunque en realidad es básicamente irresponsable. Una lectura sincera de los hechos tendría que llevarnos a reconocer que ninguna de esas dos tareas fundamentales ha sido tratada con el compromiso y el empeño que por su naturaleza requieren y merecen. Los efectos de esto lo vemos y lo vivimos en el día a día.

Estamos aquí ahora, rodeados de frustraciones de todo tipo, y ese sentimiento generalizado no nace de los hechos como tales sino de la inoperancia de nuestra forma de enfrentarlos. Los salvadoreños hemos tenido que cargar, históricamente, con los errores y las desatenciones constantes del liderazgo nacional. Una nación es como una familia: si falla la conducción de los mayores, el destino familiar queda expuesto a todos los avatares sucesivos. Hay que decirlo de manera explícita: nunca hemos contado con liderazgos de veras responsables y eficientes, y de ahí surgen prácticamente todas nuestras desventuras. La realidad, por fortuna, se viene haciendo sentir con voluntad correctiva cada vez más patente, y tanto la democracia como la paz son expresiones de tal dinamismo en acción.

En esa línea de necesidades y aspiraciones lo que resulta inaplazable es la construcción de un consenso nacional a fin de establecer las bases para la convivencia pacífica, el desarrollo económico y el progreso social. Dichas bases tendrían que sustentarse en tres criterios esenciales: interacción, efectividad y transparencia. Es tan claro como la luz del día. La pregunta inmediata viene a ser, entonces: ¿Por qué los liderazgos actuales no son capaces de emprender su tarea cuanto antes? Esto es lo que habría que preguntarles a diario, sin posibilidad de escapatoria. Y, luego de la pregunta, hacer valer la presión que las circunstancias requieren y demandan para que las cosas en el país vayan incorporándose a los carriles debidos. No hay más tiempo que perder, y eso es lo que todas las fuerzas nacionales deben tener presente sin excusas ni pretextos.

Como pasa siempre que hay necesidad de hacer un giro de fondo en cualquier tipo de realidad, y más por supuesto cuando se trata de la realidad que corresponde a todo un conglomerado nacional, hay que tener la perseverancia incansable de estar haciendo patente dicha necesidad cuantas veces sea oportuno, es decir, día tras día, hasta que la cera histórica que tapia los oídos de los que tienen que decidirse a actuar sea desprendida y desalojada definitivamente. Y lo primero es hacer ver que quien se decida e entrar sin reservas en razón histórica y lógica democrática obtendrá beneficios políticos inmediatos y de largo alcance. En estos momentos, la verdadera competencia se da entre los que se aferran a lo viejo y los que se animan a lo nuevo, en el sentido creativo y vivificante del término.

En lo que toca a la lucha electoral que ya va en camino, todos los que se hallan o están por hallarse en el terreno competitivo están en el deber de replantearse la estrategia y los procedimientos de conexión con la realidad y con la ciudadanía, por una sencilla razón: nada de lo que se hizo antes puede servir mecánicamente en el momento actual. Hay que pasar del activismo rudimentario al despliegue de ideas y propuestas debidamente articuladas para que el electorado, en todos sus niveles, reciba el mensaje que no sólo mueva voluntades sino que también anime expectativas. Y esto solamente puede resultar de un reenfoque actualizador hacia adentro de las fuerzas políticas y hacia afuera en los distintos ambientes y círculos del fenómeno real. Es decir, estamos ante el imperativo de repensar el país repensándonos todos, personal y colectivamente.

El consenso nacional no puede surgir de una mesa arbitrariamente formada. Tiene que ser un ejercicio de concienciación nacional que tenga capacidad de derivar en acuerdos de función progresiva. Y esto hay que emprenderlo cuanto antes, aun en medio de una campaña electoral como la que ya nos ocupa. Si se lograra hacer en estas condiciones sería una señal muy clara y decisiva de que nuestro proceso democrático le está haciendo honor a esa mayoría de edad que marca el calendario. A ver si se nos hace.

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  • Reto
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