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El principal riesgo actual de la política es el autismo

Estamos en época de intensiva transición, y es una transición multifacética por la variedad de aspectos y contenidos evolutivos que se están moviendo ahora mismo en nuestra realidad nacional. Esto, que debería despertar expectativas inspiradoras en el ambiente, produce el efecto contrario: un generalizado sentimiento de ansiedad, que se traduce en la práctica cotidiana en un conjunto de acciones y reacciones traumatizantes.
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Hay que partir siempre del hecho incuestionable de que la transición es función natural de la vida; y aquí se me viene a la memoria la frase del poeta cubano José Zacarías Tallet: Somos hombres de transición, que recogió Roberto Fernández Retamar en un poema notable. Cuando le pregunté sobre esto a Roberto en 1994, en París, donde ambos formábamos parte del Consejo Ejecutivo de la UNESCO, sonrió con su inteligencia plena y me preguntó a su vez: “Estás de acuerdo, ¿verdad?”

Por supuesto que estoy de acuerdo. Y si la vida en términos generales es un ejercicio transicional, hay momentos en que tal condición adquiere especial intensidad. Este es precisamente el caso nacional en los años más recientes, desde que los salvadoreños logramos en conjunto ese tránsito casi providencial de la guerra a la posguerra. En lo que a la política en concreto se refiere, la transición se da en esencia de un modelo autoritario tradicional a un modelo democrático de avanzada, con todo lo que significa el arraigo de lo establecido y todo lo que representa el impulso transformador. Se dice fácil, pero implica tareas muy complejas, como es constatable a lo largo de todos estos años. Y la dificultad de base estriba en el cambio de moldes mentales que trae consigo inevitablemente la transición aludida. Es decir, se trata de pasar de una mentalidad autoritaria a otra democrática, en lo simbólico y en lo práctico.

El cambio de esquemas y de leyes es complejo, pero más lo es el cambio de actitudes. El autoritarismo que imperó por tiempo tan prolongado, en diversas expresiones pero con una línea básica inmutable, dejó marcada nuestra política hasta la raíz. Llegó la democracia como una necesidad impuesta por las circunstancias cuando el autoritarismo formal, de corte cada vez más militarista, dejó ver su inviabilidad progresiva; sin embargo, el “modo democrático” ha venido avanzando contracorriente por los canales anímicos de la realidad.

Ese “modo democrático” tiene sus propios sellos de origen: tolerancia, respeto, comunicabilidad, interacción, naturalidad. Y, al hacer revisión así sea somera de las prácticas políticas en vigencia, lo que surge es todo lo contrario: intolerancia, irrespeto, aislamiento, indiferencia, artificiosidad. Hacer lo contrario de lo que demanda la racionalidad del proceso.

La realidad es un permanente diálogo objetivo, en el que abundan las contradicciones y menudean los contrasentidos. Las subjetividades de todo tipo son actores necesarios de dicho diálogo, aunque no sean capaces de determinar su existencia. Si dichos actores no responden a lo que la realidad les propone y les demanda, el diálogo no desaparece, pero se convierte en un rebote sin sentido, que desperdicia energías y desarticula esfuerzos.

Es lo que está pasando ahora mismo en los distintos planos de la política: una especie de pimpón fantasmagórico, que desde luego no puede producir efectos concordantes con lo que la realidad exige cada vez con más apremio e impaciencia.

Los políticos hablan, pero no dialogan; y cuando dialogan lo hacen evidentemente para no llegar a nada. Ahí está el punto muerto donde tropieza a cada instante nuestro avance democratizador, que a pesar de ello no se detiene.

El autismo es un trastorno que afecta la socialización motivadora, la comunicación habilitante y la conexión interpersonal. Y justamente un trastorno de tales características es el que se viene dando en el ámbito de las relaciones políticas de posguerra, cuando ya debería ser natural el intercambio espontáneo que es tan propio de la democracia. Esto indica que hay mucha inmadurez prevaleciente, lo que debería merecer ejercicios verdaderamente remodeladores.

El sistema en general se halla, por eso, en situación de crisis recurrente, y los que lo gestionan desde diversas posiciones parecen no darse por entendidos de ello. La ciudadanía lo advierte, particularmente en sus sectores más jóvenes, lo que explica la onda de impaciencia que envuelve a gran cantidad de jóvenes. Los liderazgos políticos ya no tienen biombos que les permitan reambientar la realidad, y esa es una de las novedades más notorias del presente.

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