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El principio de realidad es sin duda el que en definitiva rige todos los procederes humanos y sus respectivos resultados

La experiencia recogida y acumulada en todos los tiempos y en todas las latitudes nos enseña que los seres humanos tenemos libre albedrío básico, pero en el ejercicio del mismo vamos creando un entramado de situaciones que determinan tanto la existencia personal como la vida colectiva, en todas las dimensiones de las mismas.
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El principio de realidad es sin duda el que en definitiva rige todos los procederes humanos y sus respectivos resultados

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Eso hace que estemos constantemente rodeados de realidad, que en gran medida es producto de nosotros mismos pero que al irse manifestando en los hechos asume características propias, que no podemos desconocer. Esa realidad sucesiva es una mezcla de factores históricos y presentes, porque la humanidad es un dinamismo sin fin; y hay además, entre otros, componentes geográficos, raciales, culturales y espirituales que inciden de manera constante en la configuración del fenómeno real.

A consecuencia de todo ello, la realidad es el marco dentro del cual nos movemos, y en la medida que tengamos más claridad y ejerzamos mayor responsabilidad al respecto se incrementarán las posibilidades de ser exitosos en el desempeño de la función integrada de vivir y de convivir. Cuando echamos una mirada de conjunto sobre lo que ha sido la experiencia salvadoreña al respecto, se nos hace patente de inmediato que en el ambiente ha habido muy poco interés por calibrar nuestra realidad sucesiva, y de ahí provienen casi todos los riesgos y quebrantos que hemos venido padeciendo históricamente. Quizás el mejor ejemplo de ello es el referente a nuestro tratamiento de la democracia.

En primer lugar, la democracia fue la eterna ausente en la vida nacional, durante todo el siglo XIX y casi todo el siglo XX. Tal ausencia fue generando las condiciones para la ruptura máxima, que es la guerra interna. La realidad nos fue poniendo señales de alarma en el curso del tiempo. Las dejamos pasar y concluimos en la guerra. Pero la democracia logró abrirse paso cuando ya no había otra alternativa, allá en los años 80 del pasado siglo, y la solución política del conflicto bélico la potenció. Debimos emprender ahí nomás el aprendizaje intensivo consciente de lo que es y de lo que requiere la vivencia democrática; no lo hicimos, y por eso vamos tropezando a cada paso, como aprendices desobligados. Volvimos, pues, a desatender las demandas de la realidad, y los efectos adversos son visibles y tangibles.

En otro sentido, que también puede servir de dramático ejemplo, los salvadoreños, y muy en particular los liderazgos nacionales, no hemos sabido ni querido ordenar nuestras prioridades de crecimiento a la luz de lo que es el país y de lo que podría llegar a ser. La resistencia atávica a reconocer posibilidades propias nos mantiene en una especie de limbo productivo que se refleja en la vaciedad competitiva que tanto nos afecta. Si hubiéramos sido capaces de identificar nuestras ventajas y nuestros límites con la precisión debida y en los tiempos correspondientes otras muy distintas serían nuestra situación y nuestra proyección de progreso en el plano económico. La realidad tiene todas sus indicaciones a la vista, y el no apreciarlas como se debe es al mismo tiempo una falla de percepción y un defecto de voluntad. Aunque el tiempo perdido nunca se recupera, más vale tarde que nunca, como sentencia la sabiduría popular.

En pocas palabras podemos reafirmar que la primera tarea por habilitar es la toma de conciencia de nuestra realidad, que como tal nunca se detiene, pese a las innumerables piedras que le vamos poniendo en el camino. Afortunadamente, la democracia es reveladora por excelencia, y en tal sentido a cada instante nos recuerda lo que tenemos que hacer dentro de las condiciones sucesivas de la evolución histórica. Como agregado pertinente, la misma democracia nos muestra sin tardanza las consecuencias de dejar estar las cosas. Y esto significa que no hay dónde perderse: o activamos el realismo en los enfoques, en los tratamientos y en las soluciones o vamos directamente hacia la inoperancia terminal. Y como el tiempo no espera, en menos de lo que canta un gallo tenemos a la mano el catálogo de los efectos resultantes de nuestra visión o de nuestra ceguera.

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